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Capacidad de asombro

“El laberinto del fauno” de Guillermo del Toro: la fantasía como refugio de la guerra

A 20 años de su estreno, la película española rescataba la inocencia de la infancia como muralla frente a los horrores de la adultez.

04.08.2026 15:44

Lectura: 7'

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Por Catalina Zabala
catazabalaa

De manera peyorativa, la fantasía se suele asociar a la infancia. Pero JRR Tolkien, Jorge Luis Borges, lingüistas y escritores de todas las épocas han argumentado que el realismo más poderoso en la ficción es el que se encierra en una estructura fantástica que funciona como metáfora. Como alegoría para explicar las realidades más viles y ruines de la humanidad. En esa misma categoría podemos poner al cine de Guillermo del Toro, especialmente una de sus obras clave: El laberinto del fauno (2006). Estrenada hace 20 años, esa película demostró una ambición muy grande que terminó en éxito, porque no había nada parecido en el mundo audiovisual en habla hispana.

Aunque es de nacionalidad mexicana, del Toro eligió España para situar esta película. Precisamente la ubicó en el año 1944, luego de la Guerra Civil española, durante la dictadura franquista y la resistencia guerrillera. Un ambiente hostil para cualquiera, más aún para un niño. Ofelia, nuestra protagonista, es una niña de unos 12 años que se traslada con su madre embarazada a vivir en el campamento de su nuevo esposo, el capitán Vidal. Lectora empedernida, con la mirada siempre perdida en las ventanas, Ofelia se evade para imaginar mundos alternativos, hadas, seres mitológicos que habitan en el bosque, donde suele emprender caminatas. Vuelve de estos paseos extasiada con lo que vio, pero los adultos parecen no registrarla: “Mira cómo te has puesto los zapatos” es la primera respuesta que recibe de su madre cuando le dice haber visto un hada. Se comunican en sintonías muy distintas, y esa es una constante.

Ofelia se encuentra con un fauno, criatura mitológica entre la cabra y el humano, que le recuerda que solía ser una princesa inmortal que perdió sus dones. Para recuperarlos, debe superar tres pruebas. Ahora bien, ¿el fauno es real? ¿Lo está imaginando? La película funciona porque esto no importa. El misterio sobre si este mundo fantástico existe objetivamente, que parecería ser la columna vertebral de El laberinto del fauno, queda en segundo plano. En ese gris, la película habla sobre la guerra civil y su violencia.

En los 2000, las películas históricas abundaban, pero sobre todo los planteos existenciales en torno al carácter bélico. ¿A qué respondió un siglo XX lleno de guerras? ¿Por qué peleamos y para quién? Algunas películas habían planteado una tesis similar, pero no tan reflexiva, sino más memorial, como lo que contaba La vida es bella (1997). La vida es bella, según cómo la miremos, y más allá de la coyuntura en la que estemos insertos, terminamos intentando moldear la realidad.

La propuesta de Guillermo del Toro encuentra en la fantasía un refugio para la inocencia, esa que la humanidad perdió entre tanta atrocidad y que solo se conserva en los niños. La necesidad de escapar, de no mirar el entorno, de tener la mirada perdida como Ofelia, responde a algo. Es la consecuencia del todos contra todos, de la violencia sin fin. El fauno, el laberinto, las hadas, son recursos para paliar el dolor que le tocó vivir a Ofelia. Esto no es afirmar que no existan dentro de la película, sino afirmar que no es lo que importa. No importa si es un juego que ella inventa para darle sentido a la muerte o si le devolverán la vida eterna que supuestamente perdió. Lo que importa es que en un mundo hostil que solo se rige por la dimensión de los sentidos, sería conveniente rescatar la capacidad de reflexión y la construcción de mundos que logren exceder un plano material que se sigue corrompiendo.

El montaje de El laberinto del fauno propone un juego de contrastes que mantiene la atención durante las dos horas. Por un lado, el contexto bélico: la tiranía del capitán Vidal contra sus enemigos, sus empleados y su familia. Brutalidad, tortura, muerte, balas, hambre y frío. Por otro lado, las andanzas de Ofelia en el antiguo laberinto en ruinas y las vivencias fantásticas que va teniendo allí. Este contraste no solo funciona desde el ritmo narrativo que propone, sino desde el concepto que defiende. Las dos caras de una misma moneda. La capacidad de evadir el contexto mundano hostil a través de lo sobrenatural, exista o no.

Para encuadrar ese mundo fantástico, Del Toro escribe sus propias reglas y recurre a la mitología antigua, concretamente al mito del fauno. Una historia de la antigua Roma: el fauno era una divinidad de los bosques, los campos, los pastores y la fertilidad. Tradicionalmente se lo representa con cuerpo humano, patas y cuernos de cabra.

"El laberinto del fauno" (2006), Guillermo del Toro

“Yo he tenido tantos nombres que solo los pueden pronunciar el viento y la tierra”: así se presenta este fauno ante Ofelia. El de Del Toro no es simplemente un dios de la naturaleza. Parece un guardián entre el mundo humano y el mundo mágico. Nunca queda del todo claro si es un ser benévolo, manipulador o incluso peligroso. Esa ambigüedad es deliberada, porque lo fantástico no sigue las reglas del mundo y este no lo entiende. Así, uno nunca está completamente seguro de si debe confiar en él. Su apariencia es inquietante y su comportamiento va cambiando.

La naturaleza funciona como el escenario principal donde las fuerzas mundanas y sobrenaturales desarrollan su juego. Pero para comunicarse con los seres fantásticos, Ofelia debe alejarse de la casa e internarse en el bosque. Acá hay referencias a las leyendas medievales en torno a las criaturas y los bosques, y la música, laberíntica y vertiginosa, siempre acompaña.

La vulnerabilidad de la protagonista resulta desesperante. En un mundo de guerra, brutalmente masculino, nuestra protagonista es una niña que disfruta de la lectura y de las caminatas por el bosque. Solo tiene a su madre embarazada, constantemente menospreciada por su marido, quien solo la quiere para engendrar un heredero. Así, Del Toro construye un cordón muy frágil que sostiene la narrativa del mundo real: todo el tiempo parece que se va a romper. Las fuerzas de la naturaleza, en cambio, se muestran eternas, sabias, poderosas, pero potencialmente letales.

"El laberinto del fauno" (2006), Guillermo del Toro

Y el momento cúlmine es la famosa escena del banquete. Ofelia, que debe completar tres pruebas ante el fauno para lograr recuperar su antigua vida eterna y dejar el mundo de lo finito, enfrenta la tercera: aquel banquete ostentoso del que tiene prohibido comer nada para no despertar al Hombre Pálido, un monstruo mítico que tiene ojos en las manos y que devora niños inocentes. Si lo llevamos un poco más allá, representa a la propia guerra: guarda la riqueza y la abundancia de los recursos y se regocija en el hambre ajena. En su guarida expone frescos de sus asesinatos y en un rincón retiene apilados los zapatos de cada niño que devoró. Esa escena no solo es brutal en lo conceptual, sino en lo visual y en la adrenalina que propone.

El laberinto del fauno recuerda que es a través de la capacidad de asombro y los ojos de la infancia que podemos obviar las atrocidades que comete la adultez en el día a día. Que necesitamos darle un sentido trascendente a la miseria que afea nuestros días con constancia. Que nuestra propia naturaleza violenta nos genera repulsión, y que necesitamos escapar de ella. La imaginación es un refugio frente al horror, y a veces es necesario conservarla.

Por Catalina Zabala
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