Lo que propone Santiago Cardozo es que “el hablante siempre dice otra cosa distinta de lo que quiere decir y pide, al mismo tiempo, ser entendido más allá de lo que dice”. Esa cita de Miller, recordada por el propio Cardozo, resume la motivación del autor para escribir su ensayo El hueso y el espíritu: dialéctica del sentido y el referente. La complejidad comunicativa e incluso filosófica que implica el traslado de la realidad material a la abstracción de las palabras.

Su lenguaje es académico, claramente destinado a profesionales de la lingüística y la docencia, pero quienes no pertenecen a ese mundo puede encontrarse con preguntas que no se había hecho antes: ¿cómo nombramos a los objetos que nos rodean? ¿Cómo hacemos para que otro individuo distinto a nosotros comprenda con exactitud eso que le contamos, si solo se guarda en nuestra cabeza y podemos transmitirlo a través del lenguaje? Para el autor, “hablar supone siempre haber aceptado la división lenguaje/ realidad”.

Santiago Cardozo González es profesor de Idioma Español del IPA, magíster en Ciencias Humanas y doctor en Lingüística por la Universidad de la República. Ya tiene varias publicaciones encima, y en esta ocasión ganó el año pasado el Premio Nacional de Literatura en la categoría ensayo de filosofía inédito. El hueso y el espíritu se publicó en la Fundación de Cultura Universitaria, una institución cultural y editorial sin fines de lucro creada por estudiantes de la Facultad de Derecho de la Universidad de la República.

El texto de Cardozo se titula así justamente porque, durante toda la lectura, trabaja a partir de una dualidad que va alternando: lo material del mundo, todos los objetos existentes por sí mismos. O sea, el hueso. Por otro lado, lo conceptual, liderado por el uso del lenguaje. Ideas, figuras, principios, los nombres que le ponemos a las cosas. O sea, el espíritu. Son dos elementos que viven conversando entre sí, que no puede existir el uno sin el otro pero que a la vez son completamente opuestos en sustancia. A su vez, elige para nombrar dos partes del cuerpo humano: dos partes de un todo.

Propone un ejercicio lingüístico que conversa constantemente con lo filosófico, y tiene en cuenta desde el primer capítulo las consecuencias que tienen los “equívocos” cuando entran a la ecuación. Las pequeñas fallas y matices que aparecen cuando esta referencia a los objetos y conceptos no es exacta —porque nunca puede serlo—, y así los mensajes se van deformando lentamente a partir de un entendimiento no perfecto. Así, el hablante nunca puede comunicar exactamente lo que tiene en mente, aunque no sea consciente de ello.

Plantea también la idea de qué fue primero. Aunque entiende que primero son las cosas, y que por eso luego las nombramos. Que no tendría sentido que el lenguaje existiera antes de las cosas, porque es una herramienta. Pero también expone que, una vez el lenguaje ya se utiliza durante siglos, comienza a funcionar antes que las cosas: aunque el objeto fue antes, nos acercamos a él con un preconcepto lingüístico. Si decimos “manzana”, por ejemplo, vamos a imaginar una manzana promedio y sin fallas. Ni muy grande ni muy chica, seguramente de rojo vibrante, sin deformaciones. Pero sabemos que aunque hay manzanas así, las reales pueden tener formas levemente distintas, manchas, tonalidades, y todas son distintas. De alguna manera, el lenguaje vive en nuestra mente antes de las cosas a las que nombra. Comienza como una herramienta, sí, pero termina convirtiéndose en un elemento fuerte de nuestra concepción de las cosas que forman al mundo.

Aunque el autor no lo cita directamente, estas ideas ya las dijo Platón. Aunque su enfoque no era lingüístico sino meramente filosófico, separaba el mundo material del mundo de las ideas. En el mundo de las ideas se encontraba la esencia de las cosas: la manzana perfecta, la casa perfecta, la persona perfecta, el árbol perfecto; pero no entendiendo perfección como un calificativo, sino como la definición de completitud, de aquello a lo que nada le falta.

El diálogo es constante entre la referencia, el referente y la falta. Ese vacío que queda por fuera de lo que la palabra no está delimitando, y que permite matices en el entendimiento que van a depender de la persona que reciba ese mensaje. Su experiencia de esa misma cosa, que seguramente sea distinta a la del hablante. Si no conoce a la cosa, depende de cómo se lo imagine y no tanto de la descripción perfecta del hablante. Va a depender también de su psicología, de emocionalidad, de su disposición.

Aunque el texto plantea reflexiones académicas que por momentos cuesta bajar a tierra para el lector común, propone preguntas que solo podrían salir de alguien que se dedica al estudio de ese mundo pero que pueden cautivar a cualquiera. Resalta la limitación humana, una que es constante y absoluta pero que olvidamos todo el tiempo. En este caso la ubica en el lenguaje, pero esa limitación podemos percibirla en cualquier actividad humana que pretenda hacerse sin fallas.