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Barrio jurásico

“El final de la calle Oak”: dinosaurios contra la clase media ochentosa

Un suburbio de los ochenta se convierte en territorio prehistórico en este homenaje a Spielberg que no termina de encontrar su propia voz.

24.08.2026 16:57

Lectura: 9'

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Por Nicolás Medina
nicomedav

Hay pocas criaturas que hayan alimentado tanto la imaginación cinematográfica como los dinosaurios. Son uno de esos vicios universales de la infancia que sobreviven, con distintos grados de intensidad, hasta la adultez. Hay libros, juguetes, museos, documentales, videojuegos. Pero cuando pensamos en dinosaurios en el cine, la memoria conduce casi inevitablemente al mismo lugar: Jurassic Park. Steven Spielberg convirtió en 1993 una fascinación de niños en una experiencia que todavía funciona como medida de todas las cosas relativas a reptiles gigantes. Después vinieron secuelas, reinicios, animaciones y películas de todos los tamaños, pero cuesta recordar una gran película de dinosaurios que no tenga que medirse, de una manera u otra, con aquella.

Por eso resulta llamativo que, desde su estreno hace apenas unas semanas, El final de la calle Oak (The End of Oak Street), la nueva película de David Robert Mitchell, se haya presentado en distintos medios como “la mejor película de dinosaurios desde Jurassic Park”. La revista Time, por ejemplo, directamente tituló así su crítica. La pregunta es: ¿es realmente tan difícil ganarse ese título?

El final de la calle Oak transcurre en los ochenta, en un suburbio estadounidense que parece diseñado a partir de los recuerdos colectivos del cine norteamericano de esa época. Greg y Denise Platt (Ewan McGregor y Anne Hathaway) viven allí con sus dos hijos, Audrey (Maisy Stella) y Brian (Christian Convery). La familia conserva la apariencia de normalidad de cualquier postal de clase media norteamericana, aunque debajo de ella hay grietas bastante evidentes. Greg perdió su trabajo y hace repartos de pizza a escondidas para sostener la imagen de proveedor, mientras Denise, escritora frustrada, empieza a imaginar una vida lejos de su marido. Los hijos, por supuesto, tienen los típicos problemas adolescentes.

Entonces, de la nada, un día, el barrio entero es desplazado misteriosamente hacia un mundo prehistórico. Aparecen dinosaurios, los vecinos empiezan a ser devorados y los Platt tienen que aprender a sobrevivir mientras intentan resolver, de paso, los problemas que ya tenían antes de que un tiranosaurio se les apareciera en el patio.

"El final de la calle Oak" (2026), David Robert Mitchell

Hay vestigios de cosas interesantes en la premisa. Un suburbio estadounidense, con sus piscinas, bicicletas, barbacoas y casas prolijas, convertido de golpe en territorio de caza para dinosaurios. Es una película de verano estadounidense en el sentido más reconocible del término, una de esas producciones que llegan cuando la temporada de grandes estrenos todavía se resiste a morir. Grande, ruidosa, relativamente corta y con suficiente espectáculo como para justificar el pop. Un último estertor del verano yanqui antes de que Hollywood empiece a ponerse serio con el otoño y la temporada de premios.

Y El final de la calle Oak tiene momentos en los que todo eso funciona. Mitchell sabe filmar una criatura que aparece en el fondo del cuadro, una amenaza que se acerca mientras el personaje todavía no la ve. Es una habilidad que ya estaba en Te sigue (It Follows, 2014), donde el terror nacía precisamente de observar a una figura avanzar lentamente hacia alguien que muchas veces ni siquiera sabía que estaba siendo perseguido. Acá los monstruos son mucho más grandes y rápidos, pero la idea es parecida. El peligro puede estar ahí, detrás de una casa o al final de una calle, esperando a que alguien se dé cuenta. El problema está en todo el resto.

Mitchell es una elección particularmente curiosa para hacer una película así. Su filmografía no es extensa, pero sí bastante definida. El mito del pijama party americano (The Myth of the American Sleepover, su debut de 2010) ya mostraba un interés muy marcado por la adolescencia, los suburbios y esa mezcla de deseo, melancolía y desconcierto que aparece cuando una comunidad aparentemente tranquila empieza a revelar lo que tiene debajo. Después llegó Te sigue (2014), que tomó una premisa de película de terror adolescente y la convirtió en una de las películas de horror independiente más interesantes de las últimas dos décadas. Una amenaza sobrenatural simple se transformaba en una presencia constante, casi abstracta, que podía aparecer en cualquier parte del cuadro.

Cuatro años después, Mitchell hizo algo todavía más extraño con Under the Silver Lake (2018), una especie de neo-noir lisérgico ambientado en Los Ángeles, donde las conspiraciones, las canciones, los símbolos y las teorías delirantes se mezclaban hasta convertir la ciudad en un gigantesco acertijo. Aquella película recibió una respuesta mucho más fría y desconcertada, pero también confirmó que Mitchell estaba interesado en lo oculto, en los códigos debajo de la superficie, en personajes que no terminan de comprender el mundo que habitan. Incluso cuando trabaja con géneros reconocibles, le gusta torcerlos.

"El final de la calle Oak" (2026), David Robert Mitchell

No hay ninguna obligación de que un director repita siempre la misma película. De hecho, sería bastante aburrido. Pero si alguien después de Te sigue y Under the Silver Lake esperaba que Mitchell hiciera una película de dinosaurios, probablemente esperaba que al menos hubiera una forma extraña de mirar a esos dinosaurios. Y acá esa personalidad aparece apenas de a ratos.

La película no tiene problemas porque sea absurda. El cine puede ser absurdo y, de hecho, muchas de las mejores películas de aventuras lo son. El problema es que El final de la calle Oak parece pedirnos que aceptemos una premisa delirante sin ofrecer demasiado a cambio. El barrio atraviesa una especie de agujero de gusano temporal y termina en la prehistoria. No hay una explicación, y cuanto más se intenta buscarle la vuelta, menos sentido tiene todo. Y no parece que la película esté especialmente interesada en que uno deje de pensar en eso.

La falta de verosimilitud tampoco sería un problema si el resto del dispositivo estuviera construido sobre una lógica suficientemente firme. No la hay. Los personajes aparecen definidos por un puñado de características, y la crisis matrimonial de Greg y Denise, que debería darle un poco de peso emocional a todo lo que ocurre, se siente más como una herramienta narrativa que como un conflicto verdaderamente vivido. Los dinosaurios terminan haciendo de terapia de pareja.

"El final de la calle Oak" (2026), David Robert Mitchell

Y ahí está, quizá, la parte más extraña. El humor es lo más consistente que tiene, pero tampoco termina de encontrar su público. No es lo suficientemente ingenuo como para convertirse en una aventura infantil pura ni lo suficientemente elaborado como para que un adulto pueda disfrutar del absurdo sin preguntarse qué demonios está viendo. Hay escenas en las que Anne Hathaway dispara un rifle contra los dinosaurios y, objetivamente, es bastante divertido verla allí. Hathaway tiene una presencia demasiado carismática para que no resulte simpático verla convertida en una madre que sale a cazar dinosaurios. Pero una cosa es que sea divertido verla dispararle a un T-Rex y otra que la película consiga construir una escena memorable alrededor de ello.

Cuesta saber cuánto de todo esto debemos tomar en serio. El final de la calle Oak parece saber que es ridícula, pero al mismo tiempo parece creer profundamente en lo que está contando. La contradicción es fatal para una película que depende tanto del pacto con el espectador. Si Mitchell quisiera hacer un bolazo gigantesco y consciente de serlo, perfecto. Si quisiera hacer una aventura familiar sincera, también. Pero cuando oscila entre las dos cosas, uno queda en una posición incómoda. Hay momentos en los que uno se ríe de la película y otros en los que sospecha que la película esperaba que uno se emocionara.

También es cierto que Mitchell reproduce con bastante habilidad la superficie del Spielberg de los ochenta. Las bicicletas, los suburbios, las luces extrañas en la noche, los problemas familiares, los niños enfrentados a algo que los adultos no terminan de comprender. Hay incluso una nostalgia deliberada por una época en la que el blockbuster todavía podía parecer artesanal.

Pero Spielberg no construía solamente imágenes reconocibles. Jurassic Park sigue funcionando porque Spielberg sabía exactamente cuándo mostrar una criatura, cuándo esconderla y, sobre todo, cómo hacer que nos importaran las personas que estaban delante de ella. En esta película, los dinosaurios suelen ser bastante más interesantes que quienes intentan escapar de ellos.

El final de la calle Oak (2026), David Robert Mitchell

El final de la calle Oak (2026), David Robert Mitchell

Por eso la comparación con Jurassic Park que viene acompañando a El final de la calle Oak desde su estreno termina siendo un poco tramposa. Después de Spielberg, los dinosaurios dejaron de ser solamente dinosaurios. Se convirtieron en una experiencia muy específica, ligada al asombro de ver por primera vez algo que parecía imposible. Hollywood lleva treinta y tres años intentando volver a ese momento.

El final de la calle Oak cambia la fórmula y trae los dinosaurios al barrio. Es una buena idea y, por momentos, algo divertida (tanto que Spielberg ya un poco la hizo en El mundo perdido, primera secuela de Jurassic Park). Pero después de que Sam Neill, Laura Dern y Jeff Goldblum quedaran sin palabras al ver una manada de braquiosaurios aquella primera vez, el problema no consiste en encontrar otra manera de poner un dinosaurio frente a una familia. Eso ya lo puede hacer casi cualquiera. Lo difícil es conseguir que, además de correr, gritar y disparar, haya algo verdaderamente memorable que perdure para quien está del otro lado de la pantalla.

Por Nicolás Medina
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