Por María Antonella | @antoinella.jpg
Es difícil determinar cuándo una obra pasa a ser de culto. En qué momento deja de ser una obra común para ser objeto de consumo intelectual. Pero es lo que pasó con El diablo viste a la moda (The Devil Wears Prada, 2006). Podría haber sido una comedia más, con tintes románticos, sobre una chica que trabaja en moda. Pero algo pasó que la elevó en la cultura por sobre otras como Cómo perder a un hombre en 10 días (2003), Si tuviera 30 (2004) o la serie The Bold Type.
Puede sonar muy reduccionista. “Trabajar en moda” se puede habitar desde distintas posibilidades, y eso es lo interesante. La película original demuestra, muy entre lo pop y lo frustrante, los distintos arquetipos y dinámicas de poder que subyacen en este ámbito —uno muy curado y clasista—. La historia no podría haber salido de un perfil que le hubiese dedicado sus estudios a esta disciplina. Sería cavar la propia tumba, todos se ofenderían. Por el contrario, quien deja entrever cómo es el mundo de la moda es una pasante periodista teniendo su primera experiencia laboral. Básicamente una infiltrada.
La responsable es Lauren Weisberger, una escritora y periodista estadounidense que escribió una novela basada en su experiencia trabajando como asistente de Anna Wintour, directora de redacción en Vogue. Su libro, El diablo viste a la moda (2003), hizo mucho ruido: cualquiera querría leer sobre la personalidad enigmática de Anna. Se dice que usa lentes todo el tiempo y odia que la miren a los ojos, que es bastante maquiavélica y obsesiva. Aunque Weisberger no la nombre ni tampoco a Vogue, su Miranda Priestley y su influyente revista Runway estaban evidentemente inspiradas en ellas.
En la adaptación al cine, a Miranda la interpreta Meryl Streep. Pero la protagonista es la propia Lauren, bajo el pseudónimo de Andy Sachs, encarnada por Anne Hathaway. Una periodista simplona que es descrita como “una gorda”. Es absurdo, no es gorda, pero ahí ya podemos observar cuál es el canon nada más para ser aceptada en un trabajo de este rubro.
Sus capacidades no son suficientes, ella es una excepción que los demás resaltan cada vez que comete un error o que no se viste de la forma “adecuada”. Es verídico: en ese sector tenés que encajar con la estética esperada de la temporada. En la película se habla de dietas, de cuerpos, de alturas, de decisiones escalofriantes para mantenerse “a régimen”, aunque nadie del entorno de Miranda y Andy sea modelo ni trabaje con su cuerpo. Son trabajos ejecutivos, precisan un plan de alimentación que permita mantener muchas horas de estrés por el destrato y la exigencia mental, porque más allá de todo es un empleo que requiere ser creativo.
A medida que Andy tiene más responsabilidades, más se interesa por la moda, y se vuelve ambiciosa. Aprende que para lograr sus metas tiene que estar jugando al ajedrez de la vida real. Pensar estrategias, usar el tiempo a su favor y, sobre todo, estar bien conectada para tener la primicia. Si te equivocás, te lo van a hacer saber de manera hostil. A causa de ello, se desarrolla como profesional.
Estas cualidades no la salvan. Nunca deja de ser atacada por no conocer, especialmente si hablamos de paletas de colores. Hay una escena muy viralizada en internet en la que Miranda humilla a Andy luego de que ella larga una risa petulante mientras sus superiores están preocupados por qué cinturón elegir para una modelo.
Ah, bien. Ya veo. Crees que esto no tiene nada que ver contigo.
Vos… vas a tu armario y elegís… no sé, ese suéter azul abultado, por ejemplo, porque intentás decirle al mundo que te tomás demasiado en serio como para preocuparte por lo que te ponés, pero lo que no sabés es que ese suéter no es sólo azul, no es turquesa, no es lapislázuli, en realidad es cerúleo.
También ignorás por completo que, en 2002, Oscar de la Renta presentó una colección de vestidos azul cerúleo, y luego creo que fue Yves Saint Laurent, ¿no?, quien mostró chaquetas militares azul cerúleo.
Dice que entonces el color apareció en las colecciones de otros diseñadores, derramó a las tiendas de fast fashion hasta representar millones de dólares y puestos de trabajo incontables, y llegó hasta el tacho de saldos del que lo debe de haber tomado Andy.
Acá Miranda trae dos cosas que son bastante importantes. En el año 2000 el "azul cerúleo" fue elegido por Pantone como el color del año. El azul acelestado de Pantone no era nada más que un deseo de bienestar representativo. Un cielo despejado después de tanta incertidumbre, del fin de la Guerra Fría, del cambio de siglo. Por algo lo agarraron esos diseñadores.
La segunda referencia es que en 1960 Yves Saint Laurent fue reclutado para ir a la guerra de Argelia en representación del ejército francés. Duró poco porque le dio una crisis nerviosa a causa de que él mismo era argelino y, además, gay. Fue torturado por sus propios compañeros y terminó internado en un hospital militar, estando ahí se enteró de que Dior lo echaba de su cargo de diseñador jefe, desarrolló una adicción al alcohol y las drogas. Tras recuperarse, en 1961 fundó su propio sello, YSL, y marcó su nombre en la historia de la moda.
Tiene sentido que a Miranda le genere enojo e incomodidad la indiferencia de la historia de la moda a una pasante, porque se están burlando de su trabajo y de las vidas personales que cargan los diseñadores más importantes de la industria. Los diseñadores generan a partir de sus experiencias; se podrá discutir si son artistas o no, pero tienen un proceso creativo.
Además, el celeste era un color que se usaba en piezas tecnológicas, pantallas, luces, un imaginario colectivo en esa tonalidad, y esto es muy peculiar, porque para la secuela de El diablo viste a la moda, estrenada en abril pasado, los problemas se modifican: la tecnología es el nuevo enemigo.
En esta segunda entrega es importante ver entre líneas. Lo superficial es un poco ridículo y kitsch, pero las temáticas son sumamente actuales y te abren a pensar de qué lado de la moda te interesa consumir o crear.
Andy pierde su trabajo de periodista de investigación tras ser sustituida por nuevos programas con inteligencia artificial y vuelve a Runway, la revista en la que empezó, pensando que esta vez sería valorada. Pero no, volvió exactamente al punto de inicio.
Debería hacer un análisis de las prendas, pero realmente nada me conmovió demasiado, solo el patriotismo de la escena donde Andy usa un vestido pintado a mano con estética similar a un cuadro de Torres García de la diseñadora uruguaya Gabriela Hearst. El resto eran prendas de archivo o de diseño hegemónico y esas imágenes son bastante literales. Emily Blunt, que interpreta en ambas películas a la amiga/enemiga de Andy, está usando siempre prendas que dicen Dior por todos lados, es un poco grotesco.
Lo que sí es importante son los nuevos enemigos de la moda, las influencers, las compradoras compulsivas y los hombres que creen que pueden dominar el mercado sin saber de absolutamente nada. No lo digo yo (aunque lo piense), es la cuestión que propone El diablo viste a la moda II.
Runway (o sea, Vogue) está por ser vendida y hay distintos postulantes, pero el más interesado es un pelado obsesionado con la modernidad, las naves espaciales y teorías catastróficas. Él precisa adquirir la empresa para regalársela a su esposa. Muy parecido a lo que pasó —en la vida real— hace un par de semanas con Jeff Bezos (el dueño de Amazon) y Lauren Sánchez (su esposa) esponsoreando la Met Gala, un evento para recaudar fondos para el Costume Institute del Museo Metropolitano en New York. Bezos ya es dueño del Washington Post y se rumorea que apunta ahora a comprar Condé Nast, la empresa multimedios cuyo portafolio incluye a Vogue.
La moda siempre fue un lugar para equivocarse, para demostrar estatus, pero hoy en día parecería irse a pique. Todos quieren estar y encontraron un nicho para arruinarlo todo: el buen gusto, el deseo de estar siempre en vanguardia a velocidades poco propias de la creación y el manejo manual artesanal del textil. Antes el valor estaba en el tiempo que se le dedicaba a una prenda, ahora en la velocidad en adquirir la última prenda que está en auge, justo después de la que salió el mes anterior. La atemporalidad y el intelecto pasan a segundo lugar y todos entran en un miedo que intentan ocultar —porque sería muy poco sofisticado demostrar preocupación—.
El diablo viste a la moda 2 es lo que muchas críticas llamaron “película para flacas”. Pero también es para trabajadoras idealistas de la moda y personas que pensaron que jamás serían sustituidas. Más que nada porque pensaban que el trabajo manual, la inventiva y el diseño de autor serían infinitamente valorados. Pero es un hecho que el avance de algunos métodos se usaron en contra de la industria local de cada país, pasando por arriba de las culturas, los textiles y sus representantes.