Por Gerónimo Pose | @geronimo.pose

El 1º de junio de 1999 se realizó el Festival Meltdown en Londres. Le tocaba a Nick Cave dirigirlo. Matt Crosbie, sonidista de larga data —encargado de que bandas como The Bad Seeds y Dirty Three adquirieran vibraciones características— fue el responsable de hacerle llegar salchichas, champagne y cocaína a Nina Simone. La doctora, como le pidió a Cave que la presentara frente a la multitud, se encontraba minutos antes de treparse al escenario completamente desnuda junto al sonidista en una bañera burbujeante.

Cuando llegó la hora señalada, Nina Simone apareció con la cara esculpida con una "incredulidad contenida y una expresión de veneración", según Warren Ellis, espectador de lujo en primera fila y autor del libro que aquí nos compete.

Simone apareció por uno de los laterales del escenario, mascando un chicle. Un acto que, además de representar desinterés junto a la actitud desafiante de la artista, la posicionaba con una crueldad particular: sin sonreír, con la mirada fija en todo y en nada al mismo tiempo.

El público se puso de pie y la doctora no apuró el paso. Ellis relata haber visto llamas a su alrededor, pero de la forma más metafórica posible. El sonido era impecable y todo el mundo se inclinaba hacia delante apuntando a Simone, como un gran efecto dominó.

Lo que viene a continuación es la historia de interminables giras, borracheras y lugares donde reposaba el chicle. La primera vez que habló de él — y el momento en el que cayó en la cuenta de su existencia— fue en el documental 20.000 días en la Tierra (2014), un film que plasmó la escena exquisita en la que Cave y Ellis discutieron en una cocina y en la que el violinista de barba larga y desprolija confesó tener el chicle dentro de sus posesiones.

Lo cierto es que el chicle fue visto por todos, al menos por quienes asistieron a la exposición Stranger Than Kindness, llevada a cabo en la Biblioteca Real Danesa. Al ser consultado por Cave sobre si tenía algo que pudiese aportar a la exposición —una suerte de retrospectiva de la carrera del cuervo— Ellis pensó en algún violín destrozado durante las giras de The Bad Seeds y deslizó la idea de prestar el chicle de Nina Simone.

La jefa de la exposición estaba un tanto preocupada porque se expusiera el chicle "auténtico". Esto se debía a que Cave le había trasladado lo mucho que significaba para Ellis este objeto inamovible, uno que alguna vez había estado en contacto con la lengua de una de las mejores cantantes de nuestros tiempos. Christine Back, la jefa, propuso tener una copia del chicle de cera pintada de blanco. Warren nunca se había imaginado que en la muestra no estuviera el original, pero accedió y agradeció que se lo tuviera en cuenta. Se hicieron réplicas, se tomaron moldes y el chicle se multiplicó por 200.

Maletas Samsonite, bolsas de plástico de Tower Records, estudios de grabación. El chicle operaba como un objeto cuasi religioso que impulsaba al australiano a componer y a trabajar, guiado por fuerzas sobrenaturales imposibles de percibir, de describir. El chicle se terminó de constituir como un motor para los momentos de oscuridad y de anulación creativa. Estuvo junto a los bustos de Beethoven que Ellis tiene en su propio estudio casero de madera, construido en el fondo de su casa. Es tan solo un vestigio de lo que fue y es la vida del violinista: una compuesta por maletas, bolsos, todos llenos de recuerdos ahorcados por cintas de casete. Se trata del primer libro de un músico cuya trayectoria es de lo más interesante, compuesto de testimonios corales sobre el amor, las deidades y, por sobre todas las cosas, la música. La música circundando un objeto que a primera vista resulta incluso banal, pero que constituye todo un mundo que poco a poco deja de respirar.