Allá por 2011, en una época en que la televisión todavía estaba aprendiendo a tomarse a sí misma demasiado en serio, apareció una serie que condensaba varias obsesiones del siglo XXI. La violencia, las intrigas palaciegas, personajes moralmente ambiguos y un presupuesto que hasta entonces parecía reservado al cine. La irrupción de Game Of Thrones (2011) no solo confirmó que las series podían competir con el cine en escala y ambición, sino que también consolidó algo que venía gestándose desde principios de los 2000: considerar a la televisión como el nuevo centro gravitacional de la cultura popular.
Durante ocho temporadas —entre 2011 y 2019— la serie se convirtió en una maquinaria narrativa capaz de producir algunos de los episodios, escenas e imágenes más memorables de la televisión contemporánea. Bastaría con enumerar un puñado de ellas para entender su impacto. Bodas que terminaban en masacre, batallas filmadas como epopeyas medievales y personajes cuya muerte parecía siempre inminente. Era una serie adictiva y cada episodio parecía diseñado para que el siguiente fuera inevitable.
Pero también fue una serie que, con el paso del tiempo, empezó a mostrar signos de fatiga. A medida que se acercaba su final, la calidad comenzó a fluctuar. Hubo momentos memorables, claro, pero también decisiones narrativas que dejaron a muchos espectadores con la sensación de que el cierre no estaba a la altura de lo que la propia serie había prometido. El final fue exitoso en términos de audiencia, pero dejó un reguero de espectadores inconformes. Una especie de resaca colectiva tras un banquete televisivo demasiado largo.
Parte de ese problema probablemente tuvo que ver con que la serie puso la carreta por delante de los bueyes. La serie estaba basada en la saga literaria Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin, y mientras la televisión avanzaba a toda velocidad, los libros se quedaban atrás.
El último volumen publicado apareció en 2011. Desde entonces, Martin ha seguido prometiendo que el siguiente llegará eventualmente. Pero el tiempo pasa y el autor —que hoy tiene casi 80 años— todavía no ha terminado la historia que, en teoría, debería cerrar ese universo narrativo. Y cuando la serie de HBO alcanzó el punto en el que ya no había novelas que adaptar, los showrunners tomaron decisiones propias para concluir la historia. Decisiones que, inevitablemente, podían o no coincidir con lo que Martin tenía en mente.
De cualquier manera, la maquinaria ya estaba en marcha. Y cuando una serie se convierte en un fenómeno global, el universo que la rodea empieza a multiplicarse. Spin-offs, precuelas y proyectos derivados. El ecosistema audiovisual contemporáneo se maneja así: si algo funciona, se explota.
El primer gran intento de expandir ese universo fue House Of The Dragon (2022), una precuela ambientada casi dos siglos antes de los eventos de Game Of Thrones, centrada en las luchas internas de la dinastía Targaryen. Basada en el libro Fuego y sangre (2018) de Martin, la serie explora las peripecias de una guerra civil conocida como la Danza de los Dragones, y actualmente va para su tercera temporada.
El problema es que, aunque la serie ha sido decente —a ratos incluso muy entretenida—, nunca logró alcanzar el nivel de las primeras temporadas de Game Of Thrones. Parte de su identidad parece depender demasiado de ciertos momentos diseñados para convertirse en el equivalente televisivo de un money shot: escenas de gran impacto visual, generalmente con dragones de por medio, que funcionan como puntos de espectacularidad obligatoria. No está mal, pero tampoco alcanza para sostener una serie por sí sola.
Y cuando parecía que Poniente ya tenía suficiente presencia televisiva, llegó otra propuesta. Una más pequeña, más modesta, casi íntima. El caballero de los Siete Reinos (2026), que adapta las historias de Dunk y Egg escritas por Martin, acaba de terminar la emisión de su primera temporada siguiendo el mismo ritual dominical que sus antecesoras.
La serie se sitúa aproximadamente un siglo antes de los acontecimientos de Game Of Thrones. En ese momento los Targaryen todavía gobernaban Poniente y el recuerdo de los dragones no era una leyenda, sino una memoria relativamente reciente. La historia sigue a Ser Duncan el Alto, un caballero errante de origen humilde que intenta hacerse un lugar en el rígido mundo de la caballería.
Su compañero es Egg, un muchacho que se convierte en su escudero y que parece esconder más de lo que dice. Juntos recorren Poniente participando en torneos, enfrentando pequeñas disputas locales y, en el proceso, descubriendo que la idea romántica de la caballería suele chocar bastante rápido contra la realidad.
La serie adapta las tres novelas cortas que Martin escribió sobre estos personajes: El caballero de los Siete Reinos, La espada leal y El caballero misterioso. Publicadas originalmente entre finales de los 90 y principios de los 2000, las tres historias terminaron reuniéndose en un único volumen titulado justamente El caballero de los Siete Reinos. La primera temporada adapta por completo la primera de esas historias —que equivale, más o menos, a un tercio del libro recopilatorio—. HBO ya confirmó una segunda temporada, que debería cubrir la segunda novela, aunque tanto los ejecutivos como el propio showrunner han insinuado que el plan podría extenderse más allá de tres temporadas. Pero más allá de su origen literario, lo verdaderamente interesante aparece cuando la serie empieza a definirse a sí misma.
La primera frase importante que escuchamos de Dunk es casi una declaración de principios: “No sé las palabras correctas”. Y lo curioso es que esa frase termina definiendo no solo al personaje, sino también a la serie. Dunk es grande, fuerte, noble, pero no es particularmente brillante. Tiene buen corazón, sí, pero también cierta torpeza emocional que lo vuelve sorprendentemente humano. Esa humanidad termina contagiando al tono de la serie.
En lugar de apostar por la solemnidad permanente que caracterizó a buena parte del universo de Poniente, El caballero de los Siete Reinos abraza con bastante naturalidad su costado cómico. No como parodia, sino como una forma de recordarnos que la vida medieval —si es que eso existe— también podía ser absurda. Hay situaciones ridículas, momentos incómodos y diálogos que funcionan casi como una comedia de compañeros de viaje.
El resultado es algo curioso, es una serie ambientada en el mismo mundo que Game of Thrones pero con una escala mucho más pequeña. En lugar de guerras por el trono, tenemos torneos locales. En lugar de conspiraciones gigantescas, pequeños conflictos entre caballeros. Y en lugar de reyes y reinas, dos tipos caminando por senderos polvorientos tratando de sobrevivir.
Esa escala más íntima permite además explorar rincones de Poniente que las otras series apenas habían tocado. Aparecen nuevas casas nobles, nuevos escenarios y, por supuesto, otra generación Targaryen, lo cual siempre implica una dosis de inestabilidad política.
Detrás de todo esto está el showrunner Ira Parker, un nombre relativamente joven dentro de la industria. Parker parece tener algo que a veces falta en estas franquicias: entusiasmo genuino. En los segmentos de making-of que HBO publica después de cada episodio, se lo ve más como un fan con suerte que como un ejecutivo obsesionado con la marca. No toma demasiados riesgos —la adaptación es bastante fiel al texto original—, pero entiende muy bien el tono de la historia que está contando.
La épica de la serie, de hecho, funciona por un camino bastante distinto al de sus predecesoras. Hay momentos importantes, giros narrativos y escenas de combate, pero lo que realmente les da peso no es el espectáculo visual, sino el anclaje emocional. Dunk no pelea por salvar el mundo, pelea porque cree que algo es injusto.
Cuando en cierto momento grita: “¿No hay verdaderos caballeros entre ustedes?”, la pregunta no suena como una frase heroica. Suena como una mezcla de desesperación y frustración. Y lo interesante es que, para ese punto de la historia, el espectador ya está completamente del lado de Dunk. Sus objetivos, su rabia y su confusión se vuelven compartidos.
Como suele ocurrir con las series de este universo, hay un episodio que funciona como punto alto de la temporada. En este caso es el quinto. Sin entrar en spoilers, es el capítulo donde el arco narrativo alcanza su momento más intenso. Parker lo describió como un western, y la comparación no es caprichosa. El episodio construye tensión con paciencia hasta desembocar en un enfrentamiento que recuerda más a un duelo clásico que a una batalla épica. Visualmente, además, incluye uno de los planos más curiosos de toda la franquicia: la cámara situada dentro del casco de Dunk mientras carga a caballo, obligándonos a experimentar el combate desde su perspectiva.
También hay episodios puente, claro. Y el último capítulo funciona más como una bajada emocional que como un clímax explosivo. Es una decisión extraña para la televisión contemporánea, que suele depender del cliffhanger como motor narrativo. Aquí, en cambio, la serie opta por cerrar el arco de la temporada con cierta calma. Y lo curioso es que funciona.
Funciona porque, aunque el espectador quiere más, la historia logra satisfacer las necesidades que construyó durante los episodios anteriores. El viaje de Dunk —ese caballero improbable que empieza a entender que el mundo no funciona como esperaba— encuentra un cierre emocional convincente.
Y quizás ahí esté la verdadera virtud de El caballero de los Siete Reinos. Después de años en los que el universo de Game of Thrones parecía obsesionado con ser cada vez más grande, esta serie recuerda algo bastante simple: que la épica medieval no siempre necesita dragones, ejércitos gigantes o reyes paranoicos. A veces alcanza con un caballero alto, un escudero pequeño y un camino largo por delante. Y, con un poco de suerte, varias temporadas más para recorrerlo.
El primer capítulo de El caballero de los Siete Reinos se lanzó el pasado 18 de enero. El sexto y último se emitió el domingo 22 de febrero, y todos los episodios están disponibles en HBO Max.