Por Nicolás Medina
nicomedav
Brasil, década de 1970. La dictadura militar operaba como algo más que un régimen, era una atmósfera. La vigilancia se naturalizaba, la delación era parte del tejido social y el miedo se administraba con una eficiencia casi burocrática. Los años 80, lejos de desactivar del todo ese dispositivo, lo maquillaron.
La transición democrática dejó muchas cosas en pie, quedaron archivos incompletos, responsabilidades diluidas, pactos silenciosos. Y en ambigüedad histórica es el terreno donde se mueve El agente secreto (2025), la nueva película del brasilero Kleber Mendonça Filho.
Mendonça no busca hacer cine histórico en el sentido ornamental. No reconstruye la época para exhibirla como museo. Lo que más le interesa es cómo ese pasado se filtra en el presente y cómo las lógicas de control y sospecha sobreviven bajo nuevas formas. Y si algo hace bien El agente secreto es decir —sin muchas vueltas— que Brasil nunca terminó de procesar su relación con el autoritarismo. No se trata de una tesis subrayada con resaltador, pero sí de una línea de fuerza que atraviesa la película de punta a punta.
El protagonista es Armando, interpretado por Wagner Moura, conocido globalmente por su Pablo Escobar en Narcos (2015-2017) y o por su participación en Civil War (2024), de Alex Garland. Acá, sin embargo, Moura trabaja en otra frecuencia. No hay nada de carisma explosivo ni tampoco de magnetismo dominante. Armando es un hombre que vuelve a Recife con un pasado opaco y una presencia bastante incómoda. Basta con saber el título para mirarlo de otra manera. En “el agente secreto” hay una promesa implícita de género, una expectativa de thriller, de espionaje clásico, de los que prácticamente no existen, incluso de cierto glamour. La película juega con eso y lo desarma con mucha paciencia.
Armando “no anda armado”. La frase se menciona cuando menos un par de veces a lo largo de la película, y basta para que funcione como un mantra. No lleva pistola. No corre por los techos. No seduce informantes en bares con llenos de humo. Su arma es otra: la información, la memoria, la capacidad de registrar lo que otros quieren borrar. Y Mendonça convierte esa idea en el eje conceptual de la película. El agente secreto no es el que dispara, sino el que recuerda. Y en un país que ha tenido problemas estructurales para recordar su violencia estatal, esa figura adquiere un peso político muy, muy importante.
La estructura del la película está fragmentada en partes separadas por intertítulos. Más que un capricho formal, funciona como si estuviéramos abriendo carpetas de un archivo clasificado. Cada bloque aporta una pieza más de un rompecabezas que nunca termina de cerrarse del todo. El director alterna entre Armando y sus contrapartes —funcionarios, antagonistas, figuras ambiguas— lo que ayuda a construir una narrativa en paralelo que refuerza la sensación de red e inseguridad. Nadie está completamente aislado. Todos, de alguna manera, están conectados por una trama que no se puede ver del todo.
En términos formales, la puesta en escena es sobria, pero muy precisa. Hay una obsesión por los espacios cerrados: oficinas, departamentos, pasillos largos donde la cámara se mueve con una calma bastante inquietante. El sonido —que siempre es trabajado con inteligencia en la filmografía de Mendonça— vuelve a ser fundamental. Ruidos fuera de campo, puertas que crujen, teléfonos que suenan más de lo debido. La paranoia pasa de ser un estado psicológico individual a una condición estructural general.
"El agente secreto" (2025), Kleber Mendonça Filho
Y es acá donde la película se vuelve más frontal respecto al Brasil actual. No hace falta ser especialista en política brasileña para advertir que hay eco. Porque no solo en Brasil, sino en general, la vigilancia ya no es militar, sino que también es digital. La desinformación circula con otra velocidad. El discurso autoritario ya no necesita de uniformes, se disfraza de orden, de eficiencia, de moral. El agente secreto no menciona explícitamente nombres ni gobiernos contemporáneos, pero la conexión es obvia y la película sugiere que las lógicas de control no desaparecen sino que en todo caso mutan. Y que la democracia puede convivir con mecanismos de sospecha heredados.
En ese sentido, la película dialoga con el momento del cine brasileño. Tras años de recortes y crisis institucionales, la industria ha recuperado visibilidad internacional. El reconocimiento reciente de obras como Aún estoy aquí (2025), de Walter Salles, y la presencia de figuras como Fernanda Torres en la temporada de premios han vuelto a colocar a Brasil en el mapa.
El agente secreto se suma a esa ola con peso propio. Fue estrenada en festivales internacionales como Cannes con recepción entusiasta, premiada en su recorrido inicial y ahora consolidada en la conversación de los Globos de Oro y los Critics Choice, incluyendo también nominaciones para Moura y la película en si en los Premios Óscar.
Pero más allá del circuito de premios, lo que importa más es la propuesta estética. Mendonça nunca fue un director complaciente. Desde Bacurau (2020), donde el western distópico se convirtió en alegoría política feroz, hasta Retratos de fantasmas (2024), en donde la memoria del cine era también la memoria de una ciudad, sus películas trabajan siempre en esa intersección entre espacio y poder. El agente secreto es menos explosiva que Bacurau, pero sí más concentrada. Más seca. Más consciente de que el verdadero suspenso no está en la acción, sino en la información que se le va dando al espectador.
"El agente secreto" (2025), Kleber Mendonça Filho
El héroe no es espectacular, sino frágil e incluso, por momentos, pasivo. Pero en esa aparente pasividad hay una resistencia y la película sugiere que no hacer ruido también puede ser una forma de acción.
No todo funciona con la misma intensidad. La reiteración de ciertas ideas —la insistencia en que Armando no está armado, la construcción deliberadamente opaca de algunos personajes secundarios— puede sentirse por momentos un poco redundante. El ritmo pausado exige, en una película pasada de las dos horas y media, un espectador dispuesto a aceptar que el thriller no es adrenalínico sino más atmosférico que otra cosa. Pero esas decisiones no parecen errores sino apuestas coherentes con la propuesta.
En la película la violencia es administrativa, burocrática, casi invisible. Eso la vuelve más inquietante. En un momento en el que buena parte del cine político cae en la obviedad o en el didactismo, El agente secreto opta por la insinuación persistente. No da respuestas cerradas sino que más bien plantea preguntas incómodas.
La información es arma y mercancía a la vez, los discursos autoritarios vuelven con otras máscaras, y entonces la figura del agente secreto adquiere un nuevo sentido. No el del espía glamoroso heredado de la tradición de Hollywood, sino el del testigo incómodo. El que no dispara, pero observa. El que no grita, pero recuerda. Y recordar, en determinados contextos, sigue siendo un acto profundamente político.
"El agente secreto" (2025), Kleber Mendonça Filho
El cierre es coherente con esa lógica. No hay catarsis ni resolución tranquilizadora. La sensación es que la historia continúa, que el archivo sigue abierto. Y en esa falta de clausura hay una declaración clara por parte Mendoca, el pasado no está resuelto. No en Brasil. No en ningún lugar donde la memoria haya sido negociada.
El agente secreto es un trabajo sólido, inteligente, consciente de su lugar en la tradición del cine político latinoamericano y, al mismo tiempo, dispuesta a dialogar con el género. Tiene la madurez de un director que ya no necesita demostrar nada y la presencia de un actor que entiende que el poder puede expresarse en un susurro.
El agente secreto se estrena en salas uruguayas el jueves 26 de febrero. Podés ver todas las funciones en nuestra cartelera.
Por Nicolás Medina
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