La extravagancia y la espontaneidad. Lo cargado y lo natural. Lo impresionante y lo improvisado: estas dualidades residían en Elvis Presley. Convivían en él con una eficiencia fascinante.
EPIC: Elvis Presley In Concert (2026) muestra a un hombre que ensayaba de camisas doradas, trajes enormes, pantalones de colores chillones y anillos que desbordaban sus manos, pero que definía en el escenario el orden de su setlist. Un hombre que impactaba a cualquiera con el torrente de su voz como si no costara, como si fuera muy fácil, pero que alargaba las canciones en vivo a su gusto y que dirigía a sus músicos con el simple movimiento de sus manos. Y que cuando respondía a los periodistas sobre su preparación, respondía: “Yo solo hago lo que me sale en el escenario”.
“No fumo, no bebo y me encanta ir al cine”, lo podría haber dicho cualquiera. Sin embargo, fue el Rey del Rock quien la pronunció. Aunque sea una verdad escondida en la obviedad, detrás de las estrellas aparece la persona. Esto es lo que Baz Luhrmann viene buscando hace años detrás de la figura de Elvis que conocemos todos.
El guiño a los contrastes en la película son recurrentes. Mientras vemos las interminables filas que hacían las mujeres de su público para recibir un beso en la boca de su ídolo, el ídolo cuenta: “Yo no era popular en la escuela, no tenía citas”. Los primeros sostenes arrojados al escenario y atajados por el artista, las primeras mujeres que lloran sin consuelo cuando les da la mano. Elvis fue el primero en muchas cosas, y para Luhrmann es necesario recordarlo. Llevarnos al porqué de aquellas cosas que hoy son moneda corriente, pero que no siempre estuvieron en el menú.
En una época de moda incómoda, en la que los peinados inmaculados y rulos armados con calor, trajes rígidos, tacones empinados y el poder de la imagen tomaba las riendas de las tendencias, Elvis hacía chistes en el escenario. Jugaba con el micrófono y se lo metía en la boca. Lo percutía con los labios. Se acostaba a descansar en el piso, asustaba a sus coristas por el juego. Él era una revolución en sí mismo, e invitaba a todos a sumarse. Como dijo el director en varias entrevistas, lo más arrollador de Elvis era su capacidad de unificar, de hacer sonar al público como uno más de sus instrumentos.
El documental también dialoga con temáticas muy actuales. Cuando le pedían su opinión sobre la guerra, se la guardaba: “Solo soy un artista, no puedo opinar”. La vulnerabilidad y transparencia que hoy vemos en muchos músicos mainstream actuales como una búsqueda constante es algo que él ya tenía. El diálogo entre el hoy y el aquel entonces sale de manera natural.
En la cinta, el Rey del Rock cuenta que conoce la felicidad, la soledad y la tragedia. Que sueña con tener una familia, y que solo así, quizás, dejaría de sentirse solo. Que le costaba cuatro o cinco horas relajarse después de dar un concierto y que perdía un par de kilos luego de cada show, pero que eso no le importaba. La motivación detrás de EPIC es darle a Elvis la oportunidad que la industria de su momento nunca le dio. La chance de ser una persona corriente, y que con eso fuera suficiente. La oportunidad de bajarse del escenario, quitarse sus trajes pesados y contarle a su público sobre las cosas que le gustaban y las que no. Lo que sentía cuando estaba bajo los focos y cuando estos se apagaban. Sus miedos y sus ambiciones.
EPIC es una obra homenaje muy clara, porque al espectador solo le pide contemplación. La observación de un fenómeno que funciona por sí mismo y que no requiere explicación. Y su valor está en el silencio: en la falta de coreografía, en el fluir de un calor que nace en el pecho, en dar riendas sueltas a la sensación. La idea es mirar para atrás una vez más y recordar que su éxito estuvo ahí. Que en un contexto de parsimonias y protocolos, lo valioso se corrió hacia lo no imitable. Hacia aquello que nace en la carne de su propio intérprete. Su naturaleza arrolladora. Y que frente a una industria que intentó olvidarse de la persona, es justamente en ella la que trae el valor agregado. La que tiene algo imposible de copiar.