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Cine
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“EPIC: Elvis Presley In Concert”: el Rey del Rock se explica a sí mismo sin intermediarios

Baz Luhrmann, quien dirigió su biopic en 2022, se vuelve a sumergir en la vida de la estrella desde un enfoque nuevo hasta la fecha.

26.02.2026 15:41

Lectura: 7'

2026-02-26T15:41:00-03:00
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Por Catalina Zabala
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La extravagancia y la espontaneidad. Lo cargado y lo natural. Lo impresionante y lo improvisado: estas dualidades residían en Elvis Presley. Convivían en él con una eficiencia fascinante.

EPIC: Elvis Presley In Concert (2026) muestra a un hombre que ensayaba de camisas doradas, trajes enormes, pantalones de colores chillones y anillos que desbordaban sus manos, pero que definía en el escenario el orden de su setlist. Un hombre que impactaba a cualquiera con el torrente de su voz como si no costara, como si fuera muy fácil, pero que alargaba las canciones en vivo a su gusto y que dirigía a sus músicos con el simple movimiento de sus manos. Y que cuando respondía a los periodistas sobre su preparación, respondía: “Yo solo hago lo que me sale en el escenario”.

“No fumo, no bebo y me encanta ir al cine”, lo podría haber dicho cualquiera. Sin embargo, fue el Rey del Rock quien la pronunció. Aunque sea una verdad escondida en la obviedad, detrás de las estrellas aparece la persona. Esto es lo que Baz Luhrmann viene buscando hace años detrás de la figura de Elvis que conocemos todos.

Estrenó la biopic del artista en 2022, y la llamó Elvis. Quizás por la necesidad imperiosa de mostrar al mundo la enorme cantidad de material de archivo que consiguió para su producción, o simplemente para analizar a la estrella desde otro ángulo. Lo cierto es que hoy, cuatro años después, lanza EPIC: Elvis Presley In Concert. Un documental que muestra más de lo que dice.

La intención es clara: meter a un mero consumidor de música del 2026 en lo que habría sido un show en vivo del músico de Mississippi. Pero no hay que explicar nada; no hay expertos hablando, no hay entrevistas con sus allegados, solo está él. Es el único testimonio que se oye. A partir de recortes de entrevistas en torno a diferentes temas, el director eligió relatar una historia que fue contada muchas veces, pero desde una perspectiva nueva: la de su protagonista.

A nivel técnico, el documental tuvo grandes retos. Fue necesario ordenar grandes cantidades de material de archivo que nunca había visto la luz, y volver a sincronizarlo con su audio original en algunos casos. Se incluyeron rollos de 5mm, 16mm y 8mm correspondientes a la etapa de Las Vegas del cantante, que fueron restaurados para que vieran la luz por primera vez. Entre estos materiales no solo destacan imágenes de sus conciertos, sino grabaciones inéditas en distintos ámbitos fuera del escenario. Trabajó con el equipo del director Peter Jackson —El señor de los anillos— en torno a la restauración del material.

"EPIC: Elvis Presley In Concert" (2026), Baz Luhrmann

El foco está en la gracia de sus presentaciones en vivo, exhibidas casi como un evento sobrenatural. Y como Luhrmann cree en el efecto de las mismas, no las adorna, no las explica, no agrega nada; solo las pone en la pantalla.

El fenómeno de Elvis cambió para siempre la industria musical por muchas razones. Se trata de una figura que prácticamente inventó la idea de fanático, que arrastraba masas de mujeres que se extasiaban con lo que veían porque no comprendían y se asustaban de lo que les pasaba por dentro. Con él nació la idea del merch, y hoy todos los artistas mainstream tienen el suyo. Se convirtió en el primer músico en ser glorificado por su público casi como un dios sin precedentes, y marcaría, queriendo o sin querer, los pasos que daría la industria musical durante los siguientes 60 años.

Pero explicar esto se vuelve arduo, y la nueva propuesta que extiende Luhrmann se sienta sobre la idea de que menos es más. Que cuando la figura es suficiente, a veces es mejor callar. Porque la obra de arte que se sostiene por sí misma no requiere explicación. Así, el director le da a Presley un espacio ante la cámara simplemente para ser. Para habitarla. Se acuerda del Elvis persona; uno que la industria de su momento, cegada por un incontenible torrente de ganancias que percibía, no estaba dispuesta a ver. Porque Elvis fue una especie de sacrificio que daría paso a la fabricación indiscriminada de estrellas a costa de su integridad e individualidad. El primero que percibió los daños de convertirse en un producto, el primer paso de un giro radical que elegía dar la industria de la música.

El guiño a los contrastes en la película son recurrentes. Mientras vemos las interminables filas que hacían las mujeres de su público para recibir un beso en la boca de su ídolo, el ídolo cuenta: “Yo no era popular en la escuela, no tenía citas”. Los primeros sostenes arrojados al escenario y atajados por el artista, las primeras mujeres que lloran sin consuelo cuando les da la mano. Elvis fue el primero en muchas cosas, y para Luhrmann es necesario recordarlo. Llevarnos al porqué de aquellas cosas que hoy son moneda corriente, pero que no siempre estuvieron en el menú.

En una época de moda incómoda, en la que los peinados inmaculados y rulos armados con calor, trajes rígidos, tacones empinados y el poder de la imagen tomaba las riendas de las tendencias, Elvis hacía chistes en el escenario. Jugaba con el micrófono y se lo metía en la boca. Lo percutía con los labios. Se acostaba a descansar en el piso, asustaba a sus coristas por el juego. Él era una revolución en sí mismo, e invitaba a todos a sumarse. Como dijo el director en varias entrevistas, lo más arrollador de Elvis era su capacidad de unificar, de hacer sonar al público como uno más de sus instrumentos.

El documental también dialoga con temáticas muy actuales. Cuando le pedían su opinión sobre la guerra, se la guardaba: “Solo soy un artista, no puedo opinar”. La vulnerabilidad y transparencia que hoy vemos en muchos músicos mainstream actuales como una búsqueda constante es algo que él ya tenía. El diálogo entre el hoy y el aquel entonces sale de manera natural.

"EPIC: Elvis Presley In Concert" (2026), Baz Luhrmann

En la cinta, el Rey del Rock cuenta que conoce la felicidad, la soledad y la tragedia. Que sueña con tener una familia, y que solo así, quizás, dejaría de sentirse solo. Que le costaba cuatro o cinco horas relajarse después de dar un concierto y que perdía un par de kilos luego de cada show, pero que eso no le importaba. La motivación detrás de EPIC es darle a Elvis la oportunidad que la industria de su momento nunca le dio. La chance de ser una persona corriente, y que con eso fuera suficiente. La oportunidad de bajarse del escenario, quitarse sus trajes pesados y contarle a su público sobre las cosas que le gustaban y las que no. Lo que sentía cuando estaba bajo los focos y cuando estos se apagaban. Sus miedos y sus ambiciones.

EPIC es una obra homenaje muy clara, porque al espectador solo le pide contemplación. La observación de un fenómeno que funciona por sí mismo y que no requiere explicación. Y su valor está en el silencio: en la falta de coreografía, en el fluir de un calor que nace en el pecho, en dar riendas sueltas a la sensación. La idea es mirar para atrás una vez más y recordar que su éxito estuvo ahí. Que en un contexto de parsimonias y protocolos, lo valioso se corrió hacia lo no imitable. Hacia aquello que nace en la carne de su propio intérprete. Su naturaleza arrolladora. Y que frente a una industria que intentó olvidarse de la persona, es justamente en ella la que trae el valor agregado. La que tiene algo imposible de copiar.

Por Catalina Zabala
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