Por Gerónimo Pose | @geronimo.pose
Candelabro se posiciona en una línea que muchos han llamado art rock. ¿Pero qué quiere decir esto?
Podríamos trazar parentescos con Black Country, New Road, aunque las semejanzas entre ambos proyectos pasan más por el uso de instrumentos de viento y por cierta vocación de investigación: estirar los límites del rock alternativo y ver qué devuelve esa tensión. Hay una conciencia ahí. Saben —dicho por ellos mismos— que ya está todo inventado y que la creatividad pasa por ver cómo reinterpretarlo. Podríamos también pensar a Geese dentro de esta línea, pero serían elucubraciones un tanto vagas y quemadas.
El art rock es, en parte, eso: la mezcla entre formas de la canción popular y una ambición mayor, tanto en lo conceptual como en lo estructural. La banda chilena tiene la capacidad de trabajar riffs que se amalgaman con vientos y una poesía por momentos lisérgica y voces distorsionadas, construyendo un disco que, a pesar de su duración, no cae en lugares comunes ni se vuelve repetitivo.
Candelabro es un septeto: Matías Ávila (voz y guitarra), Javiera Donoso (voz y sintetizadores), Carlos Muñoz (bajo y piano), Luis Ayala (guitarra), Franco Arriagada (batería y percusión), Nahuel Alavia (saxofón y sintetizadores) y María Lobos (saxofón y sintetizadores). Provienen de distintas partes de Chile; algunos del norte, otros de distintos puntos de Santiago. Ensayan dos o tres veces por semana entre tres y cuatro horas.
A diferencia de trabajos anteriores, Deseo, carne y voluntad (2025) es un disco más elaborado si nos atenemos a esa definición. Una de sus características principales es la polirritmia que atraviesa las canciones. Las variaciones entre 4/4 y 5/4 son moneda corriente, y marcan una diferencia con discos previos como Ahora o nunca (2023). Esto responde, en parte, a lo que ellos mismos dijeron en entrevistas: se pusieron a estudiar.
Pero si hablamos de sus letras, de esa poesía que por momentos se torna lisérgica, podemos decir que es un disco también sobre construcciones de vínculos y de la propia identidad. Los personajes que atraviesan las canciones del disco, además de repetir rezos o pedir que se cambie el cielo de color y que trepemos por encima de las rejas, son vulnerables. Piden que se haga de ellos una casa, una donde vivir y donde morir.
Es el caso de la canción "Haz de mí", que sirve otra vez como lienzo para poesía y que habla de siglos y siglos que sostienen, crean y acompañan. Que piden crear y hacer de sí mismo deseo, carne y voluntad. Se entretejen apartados instrumentales donde la percusión aguanta los cimientos del ruido, los punteos jazzeros, la poesía y la irrupción melódica de una voz que grita y dice que en su cabeza no para: "Son años de deseo, carne y voluntad".
El disco puede leerse como un collage que se arma de a poco con notas y colores que se escuchan; es una invitación constante a prestar atención. Acaban de agotar en tan solo dos horas un show en la cúpula del Parque O'Higgins —alrededor de dos mil entradas—, y no parece ser una banda que vaya a caer estrepitosamente. Todo indica que harán mella en la música latinoamericana de nuestro tiempo.