El artista se debe a su público. O al menos eso es lo que siempre escuchamos. 

Que no estarían donde están si no fuera por sus oyentes. Que son un modelo a seguir para millones de niños que los miran por la tele con ilusión e inocencia. Que deben ser un ejemplo. Que tienen que opinar de política, pero no de manera "equivocada". Que tienen que pronunciarse sobre temáticas sociales. Pero cuidado con lo que digan, no vayan a herir los sentimientos de algún colectivo.

La carrera de Aitana es apenas un ejemplo de los resultados que puede llegar a tener nuestra manera de consumir —literalmente— a nuestros ídolos.

Porque se habla mucho de separar la obra del artista, pero nadie quiere hacerlo. Se busca en cada obra cualquier atisbo de realidad personal e intimidad de quien la diseñó. Cualquier dato que se escape. Porque en la cultura pop más mainstream, la intimidad es un lujo que se paga sumamente caro. Es una parte del postre que el público planea deglutir completo. Se quiera o no, es parte del producto.

En Uruguay esto no sucede de la misma forma. Los artistas nacionales van al supermercado y hacen sus compras. Salen a caminar por el centro, tienen cierto margen de cuidado de su vida personal. Pero en otros lugares del mundo, quizás por la masificación de los públicos y una mayor exposición inevitable, esto no es así.

Al mismo tiempo, estos países cuentan con ciertos formatos que hoy son claves protagonistas de su cultura pop, y que van moldeando la manera en la que el público se acerca a esa figura a la que admira. En el año 2001 nacía Operación triunfo, un reality televisivo enfocado en el talento de jóvenes cantantes amateur que sobreviven a un extenso casting e ingresan a una academia intensiva de canto en Terrassa, Barcelona. Allí compiten entre ellos durante tres meses en busca de visibilidad y de ganarse el premio final.

David Bisbal, Chenoa, Rosa López o David Bustamante son algunos de los grandes nombres que pasaron por allí. El programa les concedió una enorme popularidad de manera repentina a cambio de algo que seguramente no dimensionaban al principio: su intimidad.

Y el caso de Aitana no se quedó atrás.

La cancelación llegó de todas formas. En 2023 y con el Alpha Tour, la coreografía de “Miamor”, su colaboración con Rels B, horrorizó a varios de sus fans. Un baile erótico que nadie esperaba de la niña que veían en la academia. Una niña que ya había crecido. No era ejemplo para infancias, se había sumado a la larga lista de cantantes del género urbano del momento cuyo último fin parecía ser escribir sobre sexo. Buscaba no defraudar y aún así defraudaba.

Pero su nuevo perfil contestatario aparece ya por aquel entonces, cuando decide comenzar a proyectar en las pantallas de los conciertos restantes, los titulares periodísticos que daban la noticia del horror social que había generado este nuevo baile erótico. Y este se volvía cada vez más largo.

Resulta sencillo escuchar toda esta historia en clave comercial. Una cantante de pop que entra en un reality show para hacerse conocida. Que lanza su primer EP de seis canciones en 2018 para sacar un álbum con las mismas canciones y algunas nuevas. Que lanza tres perfumes diferentes y una muñeca Nancy de su figura, y que ahora parece estar lucrando con la salud mental. Lanza un documental en Netflix para promocionar el álbum que vendrá. Y por si fuera poco, previo a los conciertos programados para 2025, fija dos listening parties en Madrid y Barcelona, en las que sus fans pagan por ir simplemente a escuchar el álbum junto a ella. En estas fiestas, otra vez la vulnerabilidad. El espacio decorado como la habitación de un hogar. Y su outfit, un conjunto de encaje que parece lencería. Porque elige mostrarse sin barrera de contención.

Y es que la empresa de Aitana tiene jugadas claras que apuntaron por varios años a ponerla en el lugar en el que se encuentra hoy. Una cantante de 25 años que llena un Movistar Arena de Madrid solo para la escucha de su disco, el cual lanza tres días después. Con Cuarto azul en el tercer lugar dentro del top global de álbumes debut de Spotify de esa semana, solamente superada por Miley Cyrus y Damso. Esto además de ser el sexto disco con mejor debut de la historia de Spotify en España, con un total de 7,5 millones de streams a nivel global en su debut.

La guerra por el mejor puesto dentro de la industria la integran todos sus participantes, en mayor o menor medida. Pero Cuarto azul es sin dudas un cambio de entendimiento en su carrera. Una apertura al completo que no sabemos si se volverá a repetir, o si solo quedará en una triste pero honesta etapa de su vida. Se trata simplemente de un síntoma a atender. Del resultado que aparece cuando tanto los públicos como los medios de comunicación, queriendo o sin querer, buscan hacer de sus ídolos un mueble más dentro de su hogar.