“Che Dio Perdona a Tutti”: el difícil arte de vivir según lo que uno cree
Pif convierte fútbol, religión, comida y dudas existenciales en una comedia sobre qué significa realmente existir en torno a la fe.
Por Sofía Lust
lust.sofia
La desconfianza de Arturo hacia Dios empieza con un partido de fútbol. Es 5 de julio de 1982, Italia juega contra Brasil en el Mundial de España y un niño palermitano intenta averiguar cuánto puede pesar una plegaria sobre el resultado de un partido. Pif (Pierfrancesco Diliberto) encuentra ahí una entrada perfecta para Che Dio Perdona a Tutti (2026). Una pregunta teológica reducida a la escala doméstica de un hincha de fútbol. Antes que discutir la existencia de Dios, la película quiere saber qué hacemos los seres humanos con él.
El cuarto largometraje dirigido por Pierfrancesco Diliberto llegó a Montevideo en el marco de la Semana del Cine Italiano, cuya programación se desarrolló en Life Cultural Alfabeta. La víspera de la apertura oficial, el miércoles 16, se realizó una avant-première para críticos, periodistas y personalidades digitales. La propuesta, apoyada por la Embajada de Italia en Montevideo, el Instituto Italiano de Cultura, ENEC Cine, BuenCine y Cultural Alfabeta, reunió producciones recientes del cine italiano, junto con encuentros y actividades vinculadas a la industria audiovisual.
Era una buena película para comenzar. Pif trabaja con materiales inequívocamente italianos: el catolicismo, la familia, el fútbol, Palermo, la comida, pero no los trata como ornamento cultural. En Che Dio Perdona a Tutti todos terminan formando parte del mismo problema. La religión puede determinar con quién uno se casa; una receta familiar puede funcionar como patrimonio; un partido de 1982 puede explicar una crisis de fe 40 años después. Hasta la discusión sobre si se dice "arancina" o "arancino" adquiere una gravedad desproporcionada y perfectamente siciliana.
“Che Dio Perdona a Tutti” (2026), Pierfrancesco Diliberto
Arturo, interpretado por el propio Pif, es agente inmobiliario, juega al fútbol con sus amigos y dedica buena parte de su energía emocional a la pastelería. También reseña dulces en internet. Hay algo hasta erótico en la manera en que habla de una cassata o de un sciù de ricotta. Arturo es un hombre que confía profundamente en los placeres que puede comprobar. Dios plantea mayores dificultades.
Entonces conoce a Flora (Giusy Buscemi), hija de un pastelero y católica practicante. El romance introduce a Arturo en un mundo que conoce culturalmente, pero al que ya no pertenece espiritualmente. Como tantos italianos, puede reconocer los gestos, los rituales y el vocabulario del catolicismo sin compartir necesariamente la fe que los sostiene. Para acercarse a Flora exagera su religiosidad y termina incluso interpretando a Jesús en una representación del Vía Crucis, una secuencia muy Pif: el espectáculo religioso, la atracción sexual, la torpeza física y la fe quedan mezclados hasta resultar imposibles de separar.
La situación podría sostener por sí sola una comedia romántica de identidades falsas. Pif, sin embargo, lleva la mentira un poco más lejos. Cuando Flora cuestiona la autenticidad de su compromiso religioso, Arturo decide realizar una especie de experimento: durante tres semanas intentará vivir siguiendo literalmente los principios cristianos. Ahí aparece la verdadera película.
“Che Dio Perdona a Tutti” (2026), Pierfrancesco Diliberto
El proyecto tiene algo de experimento absurdo y algo de investigación moral. Arturo empieza a descubrir que el cristianismo que conoce como estructura cultural resulta mucho más incómodo cuando intenta convertirlo en conducta. Perdonar a quien lastima, ayudar al desconocido, compartir con quien tiene menos, evitar el juicio fácil: los principios parecen bastante sencillos mientras permanezcan escritos. Aplicados a compañeros de trabajo, familiares, amigos o vecinos producen problemas inmediatamente. Pif se divierte especialmente con esa distancia.
Italia es un país cuya relación con el catolicismo atraviesa instituciones, educación, lenguaje y costumbres, aunque la práctica religiosa haya perdido centralidad para buena parte de la población. Arturo pertenece perfectamente a ese paisaje. No necesita creer para vivir rodeado de signos de la fe. Su experimento consiste, precisamente, en quitarles su condición decorativa.
La idea ya estaba en la novela homónima que Pif publicó con Feltrinelli en 2018 y que él mismo adaptó junto con Michele Astori. El origen del título ayuda a entender el tono. Proviene de una expresión siciliana, Futti, Futti, Ca Diu Pirduna a Tutti: una fórmula popular que resume con cinismo la posibilidad de hacer lo que a uno le convenga confiando en que, al final, Dios perdonará. El cineasta explicó que le interesaba precisamente esa utilización extremadamente práctica del perdón cristiano.
“Che Dio Perdona a Tutti” (2026), Pierfrancesco Diliberto
Pif no construye una sátira contra los creyentes. De hecho, buena parte de las personas religiosas que aparecen en la película reciben un tratamiento afectuoso. Lo que observa es algo más general y probablemente más incómodo: la facilidad con que una doctrina moral puede convertirse en identidad sin modificar demasiado el comportamiento de quien la reivindica. Arturo, paradójicamente, empieza a resultar extraño cuando intenta obedecer demasiado.
La contradicción es buena porque permite que la película juegue en varias direcciones. El agnóstico comienza a comportarse de una manera que, al menos según el Evangelio, debería considerarse cristiana, mientras quienes llevan años definiéndose como creyentes contemplan con alarma las consecuencias prácticas de semejante rigor. La fe deja de ser una categoría estable.
La presencia del papa Francisco empuja todavía más esa idea. Interpretado por Carlos Hipólito, aparece ante Arturo como una suerte de interlocutor imaginario, una conciencia con sotana blanca que discute con él y lo acompaña en su experimento. Hablan como dos hombres intentando entender un asunto que ninguno consigue resolver completamente.
“Che Dio Perdona a Tutti” (2026), Pierfrancesco Diliberto
Francisco tampoco aparece por casualidad. Pif se reunió con Jorge Mario Bergoglio en tres oportunidades y contó que esas conversaciones modificaron en parte su relación con la Iglesia. En una de ellas, al explicarle que había estudiado de niño con religiosas y luego con salesianos, Francisco respondió: “Por eso sos agnóstico”. El registro real de ese encuentro aparece ligado a la historia del proyecto. Pif dijo también que durante la escritura terminó interesándose cada vez más por la idea de una fe sostenida por la duda en lugar de amenazada por ella.
La película conserva algo de esa admiración y ahí también aparece uno de sus límites. Francisco recibe un tratamiento mucho menos crítico que el resto del universo religioso. Su figura funciona en ocasiones como respuesta moral demasiado disponible para una historia que resulta más interesante cuando se permite no tenerla. La ternura de Pif hacia Bergoglio es evidente; por momentos también lo es la idealización. Algo parecido ocurre con Flora.
Giusy Buscemi le da una presencia cálida y convincente, pero el guion se interesa bastante más por lo que la fe de Flora provoca en Arturo que por la experiencia religiosa de ella misma. Él puede dudar, investigar, fracasar, modificar sus ideas y discutir con un papa imaginario. Flora debe representar una convicción contra la cual ese movimiento pueda producirse. La diferencia de complejidad entre ambos personajes se siente, sobre todo hacia la segunda mitad. No alcanza, sin embargo, para quitarle fuerza al extraño universo que Pif construye alrededor de Arturo.
“Che Dio Perdona a Tutti” (2026), Pierfrancesco Diliberto
Porque Che Dio Perdona a Tutti también es una película extraordinariamente interesada en comer.
La pastelería siciliana aparece fotografiada con una atención que bordea el fetichismo: ricota, crema, azúcar, masa frita, cannoli, cassate, sciù. Pif ha hablado durante años de su pasión personal por esos dulces y el film la incorpora sin pudor. Arturo puede razonar largamente sobre una pieza de pastelería y, en cierto momento, devorar cantidades que exceden cualquier necesidad narrativa razonable.
Ese exceso, lejos de ser accesorio, le da a la película parte de su personalidad. Frente a la abstracción de Dios está el cuerpo. Comer produce placer ahora. La fe promete algo más difícil de medir. Arturo entiende perfectamente una crema de ricota; le cuesta bastante más comprender la gracia divina.
De ahí surge uno de los contrastes más simpáticos del film. Pif coloca constantemente lo elevado junto a lo ridículamente material. Dios junto al fútbol. El Evangelio junto al sexo. El papa Francisco junto a una bandeja de dulces. El sacrificio cristiano junto al deseo de comerse otro cannolo.
La estrategia ya estaba presente, de otra manera, en La Mafia Uccide Solo D’Estate (2013), todavía su película más lograda. Allí había utilizado la educación sentimental de un niño y después de un joven para acercarse a la historia de la mafia en Palermo. Arturo y Flora se llamaban también los protagonistas de aquella película. Los nombres reaparecen aquí como una pequeña firma autoral, pero, sobre todo, vuelve el método: enfrentarse a un asunto de enorme peso cultural a través de alguien que parece demasiado ingenuo para cargarlo.
“Che Dio Perdona a Tutti” (2026), Pierfrancesco Diliberto
La diferencia está en que la mafia imponía una fricción histórica que Pif no necesitaba fabricar. La religión es un material más escurridizo. Che Dio Perdona a Tutti funciona mejor cuando observa sus contradicciones en acciones pequeñas y pierde algo de agudeza cuando intenta explicarlas.
Pif sigue siendo un cineasta curioso porque su ingenuidad es en parte una construcción cómica. Arturo parece llegar tarde a conclusiones que cualquiera podría anticipar, pero esa demora le permite examinar cosas que solemos aceptar automáticamente. ¿Qué significa identificarse como católico? ¿Alcanza con creer? ¿Puede alguien comportarse cristianamente sin creer en Dios? ¿Qué ocurre cuando el perdón deja de ser una idea agradable y hay realmente algo que perdonar? La película no resuelve demasiado bien todas esas preguntas. Por suerte.
Su mejor gesto consiste en dejar a un agnóstico dentro de una contradicción que todavía no sabe nombrar. Arturo comenzó queriendo demostrar algo bastante sencillo: que podía comportarse durante tres semanas como un buen cristiano. El problema aparece cuando descubre que semejante actuación puede modificarlo.
En el fondo, Che Dio Perdona a Tutti es menos una película sobre encontrar la fe que sobre perder algunas certezas. Para Pif, eso parece ser suficiente.
Y para Arturo, que empezó desconfiando de Dios por culpa de un partido de fútbol y terminó conversando con un papa imaginario entre montañas de ricota, probablemente sea bastante.
Por Sofía Lust
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