Hay una pregunta que recorre Chacra (2026) desde el comienzo: ¿sabemos qué nos alimenta? La película de Ernesto Gillman surge de un proceso de más de veinte años de observación del mundo rural y del impacto que le produjo presenciar el sacrificio de un animal en Sauce. Ese tiempo acumulado se percibe en la manera en que la cámara se instala en el espacio y espera.
La acción transcurre justamente en Sauce, Canelones, dentro del cinturón verde que abastece a Montevideo. Allí viven y trabajan Juan Moreira y Olga González: cultivan tomates y morrones, producen leche y queso, crían animales para carne. Su economía es directa, su relación con el alimento también. El documental registra esa cotidianidad sin entrevistas explicativas ni datos que ordenen el sentido. Gillman cuenta en sus notas que le interesa acompañar en silencio, mirar las manos, respirar con quienes trabajan. Esa decisión organiza la película.
El cine observacional de los años sesenta, asociado al direct cinema, defendía la idea de que la cámara debía sostener la duración de los hechos y permitir que la experiencia construyera significado. Frederick Wiseman llevó esa práctica a un extremo de rigor, dejando que las instituciones y las personas se revelaran a través de su propio tiempo. En Chacra hay una afinidad con ese gesto. La cámara permanece, los planos duran lo suficiente para que el trabajo adquiera espesor. El espectador ocupa ese tiempo.
El eje central del documental es el legado en extinción. Lo que la película nos muestra no es solo una forma de producción, sino un conjunto de saberes incorporados. Un conocimiento que circula en la práctica: en el modo de sembrar, en la precisión con que se manipula una herramienta, en la memoria que permite anticipar una helada o reconocer el momento exacto de cosecha. Esa herencia se sostiene en cuerpos concretos.
La distancia entre quienes producen y quienes consumen se vuelve visible a medida que el film avanza. El sociólogo inglés Anthony Giddens describió el “desanclaje” de las relaciones sociales en la modernidad, un proceso por el cual las prácticas se separan de sus contextos materiales. Comer en la ciudad suele ocurrir sin referencia al territorio ni a los cuerpos que sostienen ese acto. Chacra reubica el alimento en su origen. La tierra, el animal, la transformación.
También dialoga con los estudios del antropólogo alimentario Sidney Mintz sobre la historia social de la comida. Mintz mostró que los sistemas de producción moldean hábitos, economías y vínculos culturales. En la película de Gillman, esa dimensión cultural aparece en el gesto de sentarse a comer, en la continuidad entre producir y alimentarse, en la relación entre trabajo y sustento.
El ciclo vital atraviesa cada secuencia: nacen plantas, crecen animales, se reproducen, mueren. El sacrificio está presente como parte del proceso productivo. La cámara no aparta la mirada ni la dramatiza, y la escena queda integrada al ritmo general de la vida en la chacra. Ese tratamiento evita el golpe efectista y confía en la capacidad del espectador para procesar lo que ve.
Juan y Olga constituyen el centro emocional del film. Más de cincuenta años de convivencia atraviesan cada tarea compartida. La coordinación silenciosa en el trabajo habla de una historia larga. Gillman define el documental como una forma de encuentro, y esa definición se materializa en la cercanía con sus protagonistas y en el respeto por su tiempo.
El territorio tiene acá un peso decisivo. El santoral canario y la identidad de Canelones aparecen como parte del entramado cultural que sostiene la chacra, y la fotografía de Arauco Hernández construye esa dimensión con precisión. Los paisajes rurales del sur del país adquieren una presencia intensa: el cielo amplio, la textura de la tierra húmeda, el movimiento lento del ganado al amanecer. Y los atardeceres. La luz cae sobre el campo y lo tiñe de anaranjados y violetas profundos. Los cuerpos se integran al paisaje. Hay una cualidad enigmática en esos planos prolongados, una sensación de espera que refuerza la idea de continuidad.
Chacra tuvo su preestreno en Doc Montevideo 2023 y su estreno comercial en diciembre de 2025 en la Sala B del Auditorio Nelly Goitiño. Dura 70 minutos y su recorrido propone un contacto directo con el territorio que la vio nacer.
Al finalizar el documental, queda la impresión de haber habitado un ritmo distinto. La experiencia urbana tiende a fragmentar procesos y a simplificar cadenas complejas. Acá, el alimento vuelve a estar unido a la tierra y al trabajo. La herencia técnica y humana que sostienen Juan y Olga aparece con claridad, y el film la registra con atención y con tiempo suficiente para que esa forma de vida se vuelva visible.