Por Gerónimo Pose | @geronimo.pose

Mauro Libertella nació en Ciudad de México en 1983, pero creció y actualmente vive en Buenos Aires. Su apellido ha llevado a que le confundan o le adjudiquen algún parentesco con José Libertella, bandoneonista y director de orquesta nacido en Italia. Hijo del escritor Héctor Libertella, ha publicado novelas e incluso perfiles, como el que realizó del escritor uruguayo Mario Levrero. Es coeditor de Vinilo Editora, editorial a través de la cual publicó este libro y que se enfoca, más que nada, en el ensayo.

Canción llevame lejos (2025) está separado en dos partes: Lado A y Lado B, como una suerte de guiño a los vinilos. A su vez está dividido en capítulos, cada uno de ellos enmarcado en una canción específica que le sirve al autor como disparador, como motor para narrar escenas particulares de su vida o de la situación de su país.

Este es el caso del capítulo "November Rain", dedicado a Guns N’ Roses. En él, se nos transporta por el recuerdo de lo que fue uno de los recitales más crispados de la historia reciente latinoamericana. Un recital que ya desde aquel alarido de Menem se veía que iba a tener complicaciones: “¡Son unos verdaderos forajidos!”. Esto lo pronunció después de que los medios infundaran una categórica mentira respecto al cantante de la banda, Axl Rose, y una supuesta quema de la bandera argentina.

En aquel entonces, los medios reinaban y eran la voz cantante de toda la sociedad. La población no tenía otras maneras de verificar o chequear la información que le llegaba a través de una pantalla con zócalos y la voz de periodistas indignados. Si bien la productora del evento dio manotazos de ahogado haciendo que Axl diera una entrevista desmintiendo los hechos, que Slash se desnudara desde el balcón del hotel no ayudó a que cientos de padres les prohibieran la ida al recital a sus hijos. El caso emblemático fue el de Cynthia, que al serle denegada la ida al concierto, se suicidó. Su padre, al encontrar el cuerpo de su hija con una pistola en la mano, tomó el arma y también se mató.

Esta pausa sirve para explayarse sobre aquello que Troilo decía, ya que es muy común imaginar al tango como un género oxidado, perdido en el olvido. Más aún cuando las tribus urbanas —los metaleros peleándose con los rockeros— hacían de la fidelidad al rock una especie de credo. Escuchar tango era casi traicionar ese pacto. El rock era cosa de rebeldes y el tango de caretas, argumenta Libertella, quien luego confiesa que tuvieron que pasar muchos años para intuir que quizás fuese al revés.

Es en esta canción donde analiza esas letras de tango que, como dice, asustarían al más dark. Cita como ejemplo aquel verso de "Afiches": “¡Dan ganas de baldearse en un rincón!”.

Goyeneche era uno de los cantantes favoritos de su padre, a quien Mauro le dio la noticia de su muerte mientras este trabajaba en su estudio. Luego vio a su padre petrificado y entendió la idea del tacto, de la comunicación y la importancia de la misma al transmitir fatalidades.

El rock tenía todo para ocupar el espacio imposible de una totalidad. Quizás lo siga teniendo: en la estridencia de sus guitarras, en la docilidad de sus frases que se clavan en las mentes y en los corazones de las personas. La memoria musical es cuestión de azar. A algunos les tocó Silvio Rodríguez, a otros Queen, a unos afortunados Bob Marley, a otros simplemente el silencio. Y fue la curiosidad la culpable, la generadora de esa memoria que hasta el final de los días toca la puerta para, solo de vez en cuando, volver a pegar una visita.