Por Gerónimo Pose | @geronimo.pose
Dos cosas conviven en el nombre de esta banda. Trópico, novela autobiográfica de Henry Miller, y Duclós, del nombre viejo de la Playa del Cerro. El primero refiere a una escritura que se resiste a la comodidad, que hace de la incomodidad y de la carencia una suerte de territorio estético. El segundo refiere a un barrio al que pocos miran, que el plano oficial parece siempre dispuesto a omitir salvo en años electorales o si los flashes televisivos los apuntan.
Que el proyecto, liderado por Matías Rodríguez y nacido en 2016 en Montevideo, haya elegido esos dos nombres para nombrarse dice bastante de lo que pretende. Una declaración de coordenadas. Como si estuviesen diciendo ya antes de entrar en cualquier sonido líquido de guitarras —que viran desde lo climático hasta lo más puro del noise de Thurston Moore— que están parados entre Miller y el Cerro, entre lo que se escribe sin permiso y lo que existe sin figurar en los mapas del turismo, interprétese como lo establecido también.
Trópico Duclós - Gonzalo Abeiro
Bifurcan, editado por Little Butterfly Records en 2025, es el cuarto disco de la banda y quizás el que mejor justifica esa declaración de coordenadas. Siete canciones que no funcionan como canciones en el sentido convencional del término, sino como escenas. Fotogramas de un Montevideo con sus calles de vida que se bifurcan y la humedad de la Sala Lumière del Cine Universitario. Como planos de una película que nadie está filmando pero que todos nosotros vemos.
Antes de llegar acá, estuvo el single “Canción para Kim Gordon”, publicada en 2016 y que incluso contó con una edición de formato vinilo de 7 pulgadas. Ya marcaba el territorio: un sample de la bajista de Sonic Youth, una declaración de amor no hacia el indie norteamericano en abstracto sino hacia su tradición más ruidosa y política, la de alguien que dijo “esta canción es para todas las chicas que no quieren ser madres ni amantes ni putas” en un recital en Alemania en 1998. Luego vino Imagen Inestable (2017), editado por Buen Día Records en digital y por Gezellig Records en cassette. Después Ginkgos (2018), que ya empezaba a trazar esa línea sónica entre la Rambla Sur y el Cerro que la banda describía como su radio de acción. Y después Mamboretá (2022), donde se consolida la formación que hoy sostiene el proyecto, el último donde la lógica de colectivo con huéspedes rotatorios cedería terreno a algo más parecido a una banda.
Porque Trópico Duclós nació como colectivo por necesidad y convicción. Matías Rodríguez tenía temas que no sabían bien en qué formato querían existir. Se los mostró a Manuel Souto y a Leandro Rebellato, los grabó con ellos, y prefirió no poner su nombre sobre la tapa. La ventaja del colectivo era la del libro de cuentos sobre la novela: cada pieza podía tener su propia voz, su propio color, su propio invitado. Tussi Dematteis, Pancho Coelho, Azael Gómez, Lali Gaspari, Andrés Varela: el Trópico de aquellos años era una pensión con muchas camas ocupadas y ningún propietario. Después del Mamboretá, la formación que quedó fue la de cinco: Matías en guitarra y voz, Magdalena Sena en sintetizador, piano y voz, Nicolás Urroz en bajo, y dos miembros de Buenos Muchachos: Marcelo Fernández en guitarra y voz, y el “Negro” José Nozar en batería. Cinco personas que ensayan los martes y encuentran en eso, en la regularidad del martes, algo que no tienen nombre fácil pero que se parece al motor que mantiene las cosas vivas.
Trópico Duclós - Gonzalo Abeiro
Bifurcan es el disco de esa consolidación. Pero no suena a resultado de un proceso administrativo sino a un grupo que encontró la forma de potenciar la deformidad de cada uno en lugar de promediarla. La pregunta que el disco se hace en cada canción es la misma que se hacía la Velvet Underground en sus momentos de mayor lucidez: ¿cuándo entra la voz? Y la respuesta que el disco da es más o menos siempre la misma: cuando tiene algo que decir, y hasta entonces la música es la que toma el timón hasta chocarse de frente con la escollera sur. En eso hay algo muy cerca de Mark E. Smith y sus Fall, de John Lydon transformando a los Sex Pistols en PIL, de ese momento en que la voz deja de ser el centro de gravedad y pasa a ser una intemperie más dentro del sonido.
La canción, o escena, que abre el disco, “Calles de vidas que se bifurcan”, toma su título de Borges pero no su laberinto intelectual de tiempos, infinitos e intertextualidades de “El Aleph”, sino su materialidad: las calles. El diálogo que lo abre, grabaciones intercaladas de cada uno hablando, fue casi accidental; nadie había escuchado el audio del otro, y sin embargo parece guionado. En “Sala Lumière” alguien entra al cine, abre la puerta de la sala, y sobre ese sonido se monta un fragmento de El ladrón de bicicletas de Vittorio De Sica, pero no como cita cinéfila sino como umbral: la película tiene su punto de inicio acá, antes de que empiece la canción. También puede verse el expresionismo alemán que le gusta a Matías, el David Lynch que le gusta a Magui, el Pasolini y el Fellini que les gustan a todos. En Bifurcan el cine no oficia como un instrumento decorativo, como algo que habla más que las canciones o el proyecto en sí mismo sino como un procedimiento, una ruta por la cual seguir hasta el destino principal. Es un riesgo: caer en que las referencias hablen más que la música en sí misma. Que opaquen a las composiciones, que la banda se convierta en imitadora de lo que en ese momento les gustaba o lo que estaban escuchando. Ellos lo evitan.
“Ella en Narval” es quizás el momento más denso del disco. La letra la escribió Magui, inspirada en Bajar es lo peor de Mariana Enríquez. Protagonizada justamente por Narval, es una novela donde se retrata el submundo de Buenos Aires, que se pudre de una manera tan específica a la vez que se mezcla con historias de vampiros urbanos. El tema es para alguien que tiene un ataque de ansiedad. Pero no lo describe, termina siendo uno. Esa diferencia es toda la diferencia, el famoso show don’t tell del que tanto han hablado escritores y cineastas.
“Mateo Stooges” es la que más suena a canción en el sentido convencional, la más breve, la que entra y sale en dos minutos y poco. El nombre reúne a Eduardo Mateo y su Mateo solo bien se lame —la psicodelia uruguaya más inasible y más genuina, grabado en su casa con recursos mínimos y que aun así sonó como nadie— con los Stooges de Iggy Pop, que convirtieron la brutalidad en un lenguaje que no necesitaba traducción. Y aunque esta cruza parece disparatada termina encajando elegantemente, como si fuera un mosaico donde la delicadeza y la potencia resuenan como un solo gesto unificado.
Trópico Duclós - Gonzalo Abeiro
El disco cierra con “Paciencia intempestivo Lázaro”, el tema más largo, el que en los ensayos, como dicen ellos, podría durar diez minutos más si nadie estuviera ahí para hacerles la seña de que vayan redondeando, que ya fue suficiente. El título tiene la cadencia extraña de Cioran o de Thomas Bernhard, esa prosa que avanza y se interrumpe y avanza otra vez como si el pensamiento no pudiera terminar de hacer nido en ningún lugar, ni en el Cerro, ni en el Barrio Sur ni en ningún otro lado. Lázaro que resucita pero con paciencia, sin urgencia, como quien sabe que la vida que le devuelven no es urgente.
La identidad visual es de Dante Sangiacomo, diseñador bonaerense que, como declara la banda, escucha el disco, toma las pautas que la banda le da, y después hace lo que quiere. El resultado es esa cosa rara, como si fuera un valle onírico, con obeliscos afilados que se mezclan entre los colores psicodélicos. En vivo, las luces las maneja Ana Chiara, que conoce los temas con la misma profundidad que los músicos y arma la escena con esa conciencia.
La próxima oportunidad para encontrarse con esta banda en vivo es el 10 de julio en la Sociedad Urbana de Villa Dolores junto a Atakama. La salida en vinilo también, gracias a Little Butterfly, el sello montevideano que empezó recuperando arqueología —Psiglo, Mateo, Darnauchans— y que ahora edita también lo que está pasando. Es el sello que entiende que el vinilo no es nostalgia sino que hay discos que piden un soporte que haga resistencia al olvido.
Trópico Duclós lleva casi una década construyendo un sonido que dibuja una línea entre la Playa del Cerro y la Rambla Sur. Lo que propone Bifurcan es que esa línea no es recta. Que en algún punto bifurca, y que en esa bifurcación hay un disco que espera a quien quiera perderse dentro.
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