Por Delfina Montagna | @delfi.montagna
La ciencia ficción que se dedica a imaginar el futuro puede decirnos mucho de una época y de quiénes la habitan. Si la sociedad piensa el futuro con optimismo o pesimismo. ¿Creemos en lo que hacemos o estamos chocando el barco? Hace un tiempo que esta discusión viene colonizada por el desarrollo tecnológico, los algoritmos y la inteligencia artificial. A muchos, esta coyuntura los llevó a revisitar grandes obras del pasado, como Blade Runner (1982) o la novela de P. K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), para ver cuánto acertaron y cuánto nos pueden decir del presente.
Sin forzar coherencias o grandes hilos temporales, desde aquella segunda posguerra mundial hasta las obras de ciencia ficción más contemporáneas, el optimismo no es algo que haya caracterizado al género. En la región latinoamericana podemos pensar en Kentukis (2018), de la consagrada Samanta Schweblin, o en las novelas recientemente editadas en Caja Negra por Juan Mattio — Materiales para una pesadilla (2021) o La nación de los sueños diurnos (2026) —, que dialogan mucho con los fantasmas de la IA y el desarrollo tecnológico que moldea a velocidades inauditas muchos aspectos de nuestra vida cotidiana.
Ahí precisamente radica la frescura de Arco (2025): en su capacidad para poder plantear en simultáneo concepciones que suelen ser excluyentes. Puede que la técnica y la invención, a grandes rasgos y como especie, se nos esté yendo de las manos. Puede que estemos derivando tareas a ciegas, sin saber si es eficaz o siquiera deseable que las lleve a cabo una máquina.
Existen hoy personas que creen en un futuro idílico donde todos nos liberaremos de la carga del trabajo y nos podremos dedicar al ocio, al arte, a la familia o, en sentido general, a realizarnos. Otros advierten que, dada la tendencia a la acumulación del capital, los grandes desarrollos tecnológicos jamás tuvieron un “efecto cascada” ni significaron una verdadera reducción del trabajo para el grueso de la sociedad.
A comienzos de la ópera prima de Ugo Bienvenu, historietista y artista gráfico francés, vemos una familia dedicándose a su gran vivero y a cocinar el almuerzo. Ellos existen en el año 2932 y, por fuera de sus curiosas casas elevadas al nivel de las nubes, sus trajes algo extravagantes y su forma de dormir flotando, no hay nada demasiado disruptivo en ese futuro lejano. La vida parece tener un ritmo apacible, y el conflicto es un mero desacuerdo familiar: Arco está ansioso por participar en unos viajes que realizan sus padres y su hermana mayor, pero todavía no tiene edad. Allí aparece otro detalle peculiar; en esos viajes, la familia de Arco logró ver a un dinosaurio.
Con unas capas similares a un arcoíris y las condiciones climáticas adecuadas, las personas del futuro pueden viajar en el tiempo. Esta es la premisa fundamental, y es especialmente llamativa en su organicidad: estos viajes se realizan sin máquinas, solo con conocimiento y estudio de la naturaleza. Ahora bien, en un rapto de rebeldía e impulsividad, Arco se lanza a viajar en el tiempo antes de tener edad suficiente.
Llega así al año 2075 (menos lejano para nosotros) y conoce a Iris, un simpático juego de palabras entre los nombres de los personajes y la trama. Iris es una niña de 10 años que vive con un hermano bebé y un robot llamado Mikki que los cuida. A sus padres los ve por una especie de videollamada tridimensional, se cercioran de que todo marche en cuanto a comida y deberes, pero visitan cada tanto porque están ocupados con su trabajo.
En términos prácticos no hay ningún tipo de carencia, ni siquiera afectiva. Mikki es un robot dedicado y amable, y si algo le llega a pasar, un séquito de otros iguales a él aparece para repararlo velozmente. El paisaje es bastante menos alentador que el entorno nuboso y botánico de la época en la que Arco vive: parecen ya verse algunos azotes de la catástrofe climática en ese mundo donde los niños están en manos de los artefactos, que incluso les dan clases en las escuelas.
En el libro Bullshit jobs (2018) el antropólogo David Graeber plantea un par de conceptos útiles para analizar estas dos alternativas de futuro. Los bullshit jobs son trabajos modernos innecesarios o carentes de sentido para quienes los realizan, aunque bien pagos (los clásicos con nombres en inglés como “Project Manager”). Por el contrario, los shitty jobs son trabajos esenciales para la subsistencia social, con mala remuneración y peores condiciones, como la docencia, el trabajo doméstico, levantar la basura.
En el tiempo de Iris, entonces, los humanos lograron automatizar los shitty jobs: los robots barren, cocinan y, lo más perturbador, crían. Lo que intuitivamente parece un triunfo del progreso —liberarnos del esfuerzo físico— termina revelando un vacío existencial. Al delegar lo cotidiano, los personajes se ausentan de las partes clave de la vida, convirtiéndose en espectadores de su propia subsistencia en un entorno pulcro pero carente de alma.
En contraste, la jerarquía se invierte en el 2900, la época de la familia de Arco. Desaparecida la necesidad del salario, lo que queda es la labor por el bien común. El concepto de trabajo a cambio de remuneración desaparece, o al menos no se menciona en absoluto en esa línea temporal. En esa maniobra, la distinción entre bullshit y shitty jobs desaparece, el trabajo es solo trabajo: el que se necesita para subsistir. En la crianza, la enseñanza y el contacto directo, los humanos de Arco recuperan su presencia.
La película juega con el espectador mediante una estructura que entreteje el pasado de Iris con el futuro de Arco de forma brillante. Sin spoilear el rompecabezas que la dirección arma con maestría, existe un hilo invisible entre la pequeña Iris y el destino de la humanidad; una conexión que sugiere que las soluciones a nuestras catástrofes climáticas vendrán de la visión de quienes hoy apenas están aprendiendo a mirar el mundo. El diseño de esos ideales refugios en el cielo es, en última instancia, un acto de amor intergeneracional. Al igual que en las mejores obras de Nolan, el amor es la única magnitud capaz de atravesar dimensiones y la urgencia de la misión se mezcla con la melancolía de los años perdidos.
Lo más refrescante de la propuesta es su capacidad para hablarle a todos. La película de Benvenu, producida por Natalie Portman (y disponible en la plataforma Mubi) evita con elegancia el aleccionamiento moralista y elude caer en el binarismo de los buenos contra los malos. Así, Arco es un film apto para un público familiar o infantil, pero su profundidad conceptual la vuelve un título imperdible para las watchlist de los adultos.