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El material de las vivencias

“Ahmar”, de Pablo Fernández: bocados crudos de sus años niños en París

Publicada por editorial Fin de Siglo, la obra propone una narrativa no lineal y recuerda vívidamente su infancia y adolescencia en Francia.

14.10.2026 11:53

Lectura: 6'

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Por Catalina Zabala
catazabalaa

Ahmar (2026) es una historia de arraigo, pero sobre todo de desarraigo. De no pertenecer a ningún lugar. En esta historia, las palabras “allá” y “acá” dejan de ser simples adverbios y adquieren un peso trascendente y, por muchos momentos, agrio. Muy agrio. Un conflicto de identidad que se gesta en la infancia y que la supera, que abarca todos los días del resto de su vida. Porque Pablo Fernández pertenece a dos lugares y, al mismo tiempo, a ningún lado.

Pablo Fernández Cordano es escritor, periodista y editor uruguayo, pero a los 11 años emigró a París con su familia. Y lo recuerda todo.

Un día, a sus 57 años, decide volver a su infancia y no solo recordarla —porque probablemente la recuerde todos los días—, sino plasmarla en papel. Exprimir su intimidad y proporcionársela a un lector. Ahmar no tiene una estructura lineal. Está compuesto de fragmentos, trozos de memorias más o menos sueltos. Se ordenan como se ordena el flujo del pensamiento: una concatenación de recuerdos e ideas aparentemente aleatorias pero que de alguna forma se relacionan, porque una lleva a la otra. Y así, etapas vitales; integración en una escuela, conflictos con el lenguaje, la chica que le gusta, el compañero de clase que le da miedo, y su familia. Trozos de vida que, uno a uno, van recomponiendo pilares de unos años de vida en el exterior.

No solo recuerda los hechos en sí, sino que estos parecen haberse plasmado en su cabeza con una sensorialidad brutal. Traslada al lector con mucha facilidad a esos momentos vistos a través de los ojos de un niño de 11 años. De 11, de 15, de 20 o de 50. Recuerda las sensaciones concretas que tuvo en cada momento y conserva esa infrasciencia lógica de su edad en aquel entonces. Una inocencia que, de a poco, se va perdiendo. Así, al leerlo, en muchos momentos uno parece entender con mayor claridad lo que está pasando en el libro, aunque el Pablo Fernández niño según dice que no lo termina de asimilar.

Cuando se cuentan historias de migración, el primer elemento que aparece es el choque cultural. En Ahmar está muy presente, se destaca constantemente la variedad de conceptos que ofrecía la enorme ciudad de París a un niño de 11 años que llegaba de Montevideo. La variedad de inmigrantes que había, todas las versiones de discriminación que se podían concebir. Se rompió esta idea binaria del mundo y se descubrieron los matices. Y mezclado en una vivencia en el exterior, se fue descascarando un cuerpo que se iba a descascarar también en Montevideo: el cuerpo de niño. Se convirtió en un adulto.

Foto: Editorial Fin de Siglo

Foto: Editorial Fin de Siglo

Una pregunta que nos hacemos muy rápido y que en este caso aparece todavía más rápido es la siguiente: ¿por qué se llama "Ahmar"? ¿Qué significa?

La respuesta es cero predecible y transmite, quizás, el sabor de boca que le quedó al viajero de toda su experiencia. Ahmar Saeib era un compañero de su clase que violentaba a los demás y a quien Pablo le tenía mucho miedo. Era un inmigrante de Argelia con traumas agudos de la guerra experimentada en su país, antes de trasladarse a Francia. Y la figura de Ahmar, muy presente en la infancia de Pablo pero un completo desconocido al presente de la escritura, en su adultez, tiñe todo el relato. Parece ser el recuerdo más severo de sus años en París.

No se trata tanto de Ahmar Saeib, sino de lo que representaba. La violencia que nació de la violencia. Un antagonista que quizás no lo era tanto: un inmigrante más con problemas de relacionamiento que simplemente había tomado decisiones diferentes a las de Pablo. Había hecho cosas distintas con un mismo camino recorrido. Y así aparecen remotas ideas teóricas que vuelven a la conversación humana de manera constante: ¿somos lo que hicieron con nosotros? ¿Somos el resultado de todos los lugares en los que estuvimos y las personas con las que charlamos? ¿O simplemente hay personas buenas y personas malas totalmente libres de tomar sus decisiones? Obviamente no hay respuesta. Porque si la hubiera, no seguiríamos haciéndonos estas preguntas desde que la humanidad existe.

Pablo Fernández recorre con crudeza sus primeras experiencias sexuales. No las que llegan a concretarse en la piel, sino las primeras de todas: las que ocurren en la mente. La primera vez que ve un pezón femenino traslucirse a través de una camisa. La chica que le gusta, con la que comparte clase y que además vive en frente a su casa. Una indigente que toma agua de un charco de la calle, totalmente desposeída y sin ropa. Su toma de conciencia de un otro como propietario de una sexualidad propia.

En el relato a pedacitos se pueden percibir dos momentos de profunda amargura: la llegada a París y la vuelta a Uruguay. En la primera, la lógica dificultad de integración, la barrera lingüística, las ganas de pertenecer. En la segunda, un panorama gris: “Todas las canciones hablaban de lluvia cuando llegamos a Montevideo”. Cuando volvió, “todo en el aire era denso, plafón bajo”. Su reinserción educativa también fue un problema luego de Francia: “Hay que imaginarse el shock de un adolescente recién llegado de un país conocido por su cultura, por su apertura, por una cantidad de innovaciones, que de golpe tiene que ir a un liceo sucio y destartalado a dar exámenes de Educación Moral. El nivel de lavado cerebral que implicaba esa materia era dantesco”.

En sus 68 páginas, Ahmar no va de contar cosas que pasaron, sino de volverlas a la piel. Ponerlas también en la piel de alguien que quizás nunca las tuvo. Pablo Fernández vuelve una y otra vez a su pasado con una claridad en las memorias realmente sorprendente, muy vívida, muy concreta. Son flashes visuales que se van construyendo rápido en la mente de su lector, para cortarlos con velocidad y pasar al siguiente. Fragmentos de lugares.

Porque Pablo Fernández no parece querer simplemente contar su vida, sino lo que sintió en el cuerpo una vez la atravesó. Cómo vivencias comunes de una vida medianamente normal de un inmigrante se graban a fuego en la vida de un niño con una brutalidad que terminó quemando, aunque, lógicamente, también tuvo sus momentos de alegría. Momentos que quizás terminó de reconocer una vez ya los había perdido, una vez ya estaba en Uruguay. No es un libro de consecuencias, es un libro del sentido material de las vivencias.

Por Catalina Zabala
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